
El bosque estaba seco porque era finales de verano. Los campos lucían amarillos y las hojas de los árboles empezaban a caerse anunciando el otoño. Todos los animales nos preparábamos para la llegada de las primeras lluvias.
Un día estaba yo dando un paseo por el bosque, vigilando que todo estuviese bien y que no hubiese un incendio, cuando sentí gritar al águila.
“Venid, venid todos al claro del bosque”, decía, “tengo que contaros algo muy importante”.
El águila siempre era la primera en ver todo lo que ocurría en la tierra, porque desde arriba divisaba todo el bosque y porque tenía muy buena vista.
Todos los animales acudimos a su llamada. Sabíamos que si nos llamaba es que era verdad, que algo importante ocurría.
Llegamos los ciervos, los zorros, los lobos, las ardillas, las liebres, los búhos, …
El águila empezó a hablar cuando todos estuvimos callados.
-“Creo que nuestro bosque está en peligro. He visto a tres cerdos que vienen para acá con camiones, máquinas excavadoras y grúas. Debemos estar atentos”
-“Pero eso no puede ser. ¿Para qué van a venir a este bosque tan lejano?”, preguntó el búho.
- “Este es un lugar muy bonito. Hay muchos árboles, tenemos un río, también hay un llano y una montaña que no es muy alta”, aclaró el águila. “Yo he viajado mucho pero siempre he vuelto aquí porque es el lugar más bello del mundo, el que más me gusta.”
- “Debemos organizarnos”, dije. “Águila, tú vigila desde el cielo, yo lo haré desde la tierra. Los demás buscad un cobijo seguro. No podemos fiarnos de esos cerdos que se creen los amos del mundo”.
Todos me aplaudieron, algo que me gustó, pero en seguida se marcharon y nos dejaron solos al águila y a mí.
“En marcha”, dije con voz ronca (la que siempre tuve, claro).
“Buena suerte, amigo lobo”, me gritó el águila levantando el vuelo hasta llegar a las nubes.
Efectivamente los tres cerdos llegaron a nuestro bosque para construirse unas viviendas. Eran hermanos pero no querían hacerse una casa para los tres, no, ellos eran demasiados presumidos y cada uno quería su propia casa. Además cada uno la quería hecha con materiales diferentes y en distintos lugares del bosque.
El primero se la hizo de paja, pues como el color de la paja es dorado, la casa parecería de oro. La construyó en la cima de la montaña para que reluciera desde lejos.
Para levantar esta “maravillosa” casa tuvieron que cortar todo el pasto de los campos. Varios camiones llenos de paja fueron utilizados. Y muchos animales quedaron sin su alimento.
El segundo pensó que su hermano estaba un poco loco: gastarse su dinero en una casa de paja le pareció una locura. Él era más moderno, más country, por eso se la haría de madera, a la orilla del río. Con esta casa podría presumir delante de sus amigos. Seguro que lo envidiarían. Mandó cortar gran cantidad de árboles y con los troncos, debidamente preparados, le construyeron una casita super-moderna: todo era de madera: paredes, techos, suelos, muebles… ¡todo! Pero… ¿y los animales que se cobijaban en aquellos árboles, qué harían ahora? Los pobres habían tenido que salir corriendo para no ser atrapados por las máquinas que serraron los troncos. Por cada árbol que caía al suelo daban un grito de dolor.
El tercer cerdo, el más inteligente, por lo visto, no estaba de acuerdo con los planes de sus hermanos y mientras ellos se construían sus modernas y lujosas casas él empezaba a dar órdenes para hacer la vivienda que había diseñado, la más segura del mundo, en el claro del bosque. Aquel precioso rincón verde y llano, rodeado de árboles, donde nosotros nos reuníamos para hablar de nuestros asuntos. Cemento, hierros, hormigón, ladrillos, más cemento, más hormigón… Con estos materiales hicieron un búnker, donde el rico cerdo podría vivir seguro. ¿Pero seguro de qué? ¿A quién le temía? ¿De qué o de quién tenía que ocultarse?
Mientras duraron las obras fue tanto el ruido, el trasiego, el laberinto que hubo en el bosque que ni podíamos comer, ni dormir, ni correr, ni cantar. Sólo pensábamos en buscar un sitio para escondernos, un lugar que fuera seguro y que aquellas máquinas no destruyeran.
Antes de que nos diésemos cuenta terminaron las obras. Los tres ricos cerdos estaban felices pero nosotros, los habitantes de aquel bosque desde hacía muchos años, estábamos muy tristes. Aquel lugar ya no era el mismo.
Un día el águila volvió a convocarnos a una reunión. Asistimos sin ganas, ¿para qué?, ¿de qué íbamos a hablar?
“Escuchadme”, dijo, “he estado de viaje. He sobrevolado montes y llanuras, ríos y mares, y mientras lo hacía pensaba en nuestro bosque, pensaba en todos vosotros. No es justo lo que nos ha pasado. No debemos quedarnos callados, sin hacer nada.”
“¿Y qué quieres que hagamos?”, preguntó el zorro. “Ellos son más poderosos que nosotros”.
“No se trata de tener poder. Se trata de que nos unamos y hagamos algo”, contestó el águila.
“¿Pero qué?, preguntaron varios a la vez.
Durante unos minutos el silencio era aplastante.
“Se me ocurre…”, empecé a balbucear yo con mi ronca voz, “se me ocurre que podríamos ir a hablar con ellos y pedirles que se vayan a otro lugar y que dejen el bosque para nosotros y nuestros hijos, como siempre ha sido”.
Todos me miraron sorprendidos. ¿Hablar con ellos? Nadie decía nada, todos esperaban a que diera su opinión el águila, que era la más lista.
“Señor lobo”, dijo el águila después de unos minutos, “no me parece mala idea. Nada perdemos con intentarlo. El diálogo siempre ha sido considerado como el mejor método para el entendimiento. Voto porque vayas tú a hablar con ellos”.
“¿Yo?. ¿Por qué yo?”
Todos estaban de acuerdo con el águila. Empezaron a darme razones y no pude negarme. Iría a hablar con cada uno de los cerdos.
Aquella noche no dormí pensando en todo lo que iba a decirles. A la mañana siguiente me vestí con el traje que me había puesto para celebrar Halloween el año anterior. Unas orejas, unos dientes grandes, un largo rabo… conseguían darme un aspecto de lobo feroz. A lo mejor al verme se asustaban y salían huyendo.
Empezaré por visitar al cerdo de la casa de paja, pensé. Así que cogí el camino que subía a la cima del monte. Iba corriendo, jadeando, porque aquello había que terminarlo cuanto antes. De pronto se levantó un fuerte viento, las hojas de los árboles empezaron a volar alrededor del camino, apenas podía abrir los ojos pero yo seguía corriendo. Cuando vi la casa de paja, que parecía de oro, fue tanta la rabia que sentí que pensé que debía hablar con la voz más ronca y fuerte que pudiera, para convencer al cerdo, o al menos asustarlo, para que se fuera de allí.
Me paré delante de la puerta y cuando iba a llamar el viento se me adelantó y sopló tan fuerte, en forma de remolino, que tuve que taparme los ojos con las manos para que no se me llenaran de tierra. Ese viento que cuando se enfada tiene más fuerza que nadie, levantó la casa de paja por encima de las copas de los árboles más altos, dejando al cerdo sentado en un cómodo sillón mientras jugaba con las maquinitas. Cuando el cerdo levantó los ojos y se vio sentado en la calle, miró a los lados buscando las paredes doradas de su casa, pero no estaban. Allí, delante de él, sólo estaba yo con las manos en mi boca, por la sorpresa: “OHHHH”.
El cerdo, al verme, se asustó y salió corriendo a todo correr en dirección a la casa de su hermano, el que se había hecho la casa de madera.
Yo seguí un momento sin moverme, petrificado, pues me parecía increíble lo que había pasado. De pronto pensé que debía ir detrás del cerdo y acompañarlo hasta casa de su hermano y así hablar con los dos a la vez. Empecé a correr con todas mis fuerzas, pero el maldito cerdo parecía que volaba, sí que corría rápido. Cuando alcancé a verlo ya estaba él aporreando la puerta de la casa de su hermano. Éste le abrió y cerró con un portazo. Yo me paré un rato a respirar, a poner en orden mis ideas, aquellas que llevaba preparadas, cuando de pronto empezó a llover. ¡Oh, no!, pensé, se me va a mojar mi maravilloso traje de Halloween. Cuando fui a llamar a la puerta parece que se abrieron las compuertas del cielo, aquello no era llover, era diluviar. Tuve que correr a refugiarme bajo una roca que había cerca.
Ufff, cuánta agua, pensé, qué bien le vendrá a nuestros campos. De pronto miré a la casa del cerdo y vi que el techo, las paredes, los muebles, iban flotando camino del río. En el sitio de la casa sólo quedaban los dos cerdos metidos debajo de un gran paraguas. Estaban abrazados y se tapaban los ojos. Al mirar y ver que la casa se había disipado salieron corriendo a todo correr. “¡Vamos a casa de nuestro hermano!”, gritaron.
Pasaron delante de mí como un ciclón, pero creo que me vieron escondido bajo la roca.
Pensé que debía ir tras ellos pues así podría hablar con los tres cerdos a la vez. Me sentía sorprendido y contento, pues la naturaleza se había puesto de mi parte, me estaba ayudando a convencerlos de que se fueran de allí.
Salí de debajo de la roca y empecé a correr hacia la casa de ladrillos y hormigón. Cuando llegué delante de la casa vi que salía humo por la chimenea y que los cerdos una vez más me habían ganado la carrera. La verdad es que a mí cada día me costaba más correr debido a la artrosis que tenía en las patas.
Llamé a la puerta mientras preparaba mi discurso, pero la puerta no se abrió. Volví a llamar una vez más, y otra, y otra… Aquello ya me estaba cansando, me estaba empezando a cabrear. Fui a las ventanas y golpeé fuerte gritando: “abridme, tengo que hablar con ustedes”. Pero nada, no me hacían caso. Rodeé la casa y no encontré más puertas. Entonces vi la chimenea y pensé que podría hablarles por ella, metiendo la cabeza en el agujero. Escalé por las paredes y me subí al tejado, llegué a la chimenea, asomé la cabeza y empecé a gritar de nuevo. Los ojos me empezaron a llorar por culpa del humo y también empecé a toser, pues estaba a punto de ahogarme. La suerte me abandonó pues al dar uno de los gritos me dio tanta tos que me caí por el agujero de la chimenea, cayendo sobre los palos que estaban ardiendo. Mi traje empezó a arder y yo corría y gritaba, pues las quemaduras duelen mucho. Sin saber cómo rompí los cristales de una ventana y salté al exterior con la idea de que la lluvia apagara las llamas de mi traje. No me había alejado muchos metros cuando una gran explosión hizo que me cayera de bruces. La casa de hormigón se hundió. Por lo visto fallaron tantos sistemas de seguridad que tenían colocados y actuaron como una bomba cuando rompí el cristal de la ventana. Los tres cerdos se salvaron pues estaban escondidos en el sótano.
Como pude me arrastré hasta el bosque. Mis amigos acudieron al lugar al escuchar la explosión y me encontraron moribundo, lleno de quemaduras por todo el cuerpo. Rápidamente hicieron una camilla, me colocaron en ella y me llevaron a un rincón seguro donde me estuvieron cuidando hasta que me recuperé.
Un día todos los animales se reunieron, convocados por el águila, para acordar erigirme una estatua por haber echado a los cerdos de nuestro bosque. Yo, que estaba escondido escuchando pues no quería perderme las reuniones, tuve que salir y aclarar que no había sido yo, sino que la naturaleza era la que se había puesto de nuestra parte. Ella fue la que los mandó donde tenían que estar. No permitió que atentaran más contra plantas y animales.
El águila nos contó que los cerdos, asustados por todo lo que les había ocurrido, huyeron del bosque y se fueron al pueblo. Cuando llegaron allí contaron sus desgracias haciéndome a mí el único responsable de ellas: el lobo feroz. Todos me tomaron manía, me temían, y eso que yo estaba lleno de heridas y nunca más pude correr. Los padres y las madres prohibían a sus hijos pasear por el bosque, ni los dejaban ir de excursión, ni ir a coger bellotas y castañas, ni ir a buscar espárragos.
Desde aquel día, debido a la versión de los hechos que contaron los ricos cerdos mentirosos, los hombres siempre van al bosque con escopetas y disparan a todo animal que se mueva: perdices, ciervos, conejos…
Nada volvió a ser igual.
25-10-08
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"Puntos de vista diferentes"
13 comentarios:
Bueno, me tocó publicar mi versión de LOS TRES CERDITOS. Siento que os haya hecho leer mucho (reconozco que me quedó demasiado largo), pero es que salió así y no he querido retocarlo.
Me puse a escribir y cuando lo di por terminado, lo leí y me gustó, así que así se queda, jaja. Menos mal que esto no es un concurso, como habéis dicho ya much@s!!!.
Quiero felicitaros por cómo ha ido transcurriendo todo y por vuestras estupendas creaciones que han hecho que los cuentos sigan estando vivos, como ha sido desde que sus autores los concibieron.
Y nada más,sólo quiero recordar a tod@s que esta puerta seguirá abierta para vuestros cuentos.
En la columna de la derecha tenemos el acceso directo a cada uno de ellos.
Un abrazo.
Conchi
(Mi pseudónimo es "Conral", jaja, para las personas que no lo sepan)
¡Qué te digo!, pues que te llevas un "20" y no por lo largo, sino por lo bueno que es. Felicidades por la idea tan estupenda que tuviste al hacer nuevas versiones de nuestros cuentos de la infancia y Felicitaciones por la historia de estos tres cerditos, menos mal que no vamos a recoger bellotas ni castañas al bosque...¡queremos seguir haciéndolo sin que nadie nos lo impida!...
Abrazos.
Conral...un cuento muy creativo...genial...riquisimo en imagenes...aromas y colores....
FE-LI-CI-TA-CIO-NES!!!
Stella Maris T.
Conchi: te quedó precioso y muy bien contado... tus niños lo van a disfrutar de verdad!! Cuántos cerditos tenemos por los alrededores!! ¿no crees? Un abrazo
hola conchi!!!!!!!!
te felicito por la versión que has armado de este cuento,se vé que te gusta y sabes escribir.
creo que está siendo todo un éxito, ésto de los cuentos versionados!!!!
mas felicitaciones y un beso enorme................
Muchas felicitaciones !
Me encanto esta versíon es muy original !!
Besitos Conchi y que tengas un hermoso día :)
Yo toda la vida echándole pestes a ese pobre lobo y compadeciendome de los cerditos que no hicieron otra cosa que perturbar la traquilidad del bosque.
Nada, que no me entero. Imagínate Conchi, que acabo de saber que Conral y Conchi son la misma persona. Yo les había puesto imágenes diferentes.
El cuento precioso y tu imaginación con lo del viento y el agua desbordante.
Un beso
¡Magnífico! Me encanta esta versión, cada día me quedo con la boca habierta, no sabría escoger si tuviera que hacerlo. Creo que ahora necesitaríamos un lobo como el del cuento, el aire y la lluvia ya la tenemos, así pues, solo falta el lobo jajaja, ¡Felicidades! ¡Eres estupenda!
abrazos.
Gracias por vuestro tiempo, porque la verdad es que me quedó bastante largo para el blog, en papel sería diferente. Quise escribir en defensa de la naturaleza, de nuestros bosques, de nuestras sierras que cada vez están más destrozadas con las construcciones.
Creo que cuando terminemos de escribir cuentos (aún queda alguno por llegar)deberíamos abrir un debate sobre los distintos temas que se han tocado: ¡muchos y muy variados!. Una tertulia, como dice nuestra amiga Kety.
Bueno, seguimos leyéndonos.
Un abrazo.
Conchi
A los tres cerditos solo les falta el nombre...
genial,Conchi.
Sigues sin adjudicarme un cuento.
Gracias, Mariajesús. Me alegro verte por aquí y que el cuento te haya gustado.
¿Pero todavía no te has decidido por ninguno?. Pues venga, que ya nos estamos quedando sin cuentos, jeje.
Yo no te voy a adjudicar ninguno, mujer. Yo qué sé de tus gustos. Coge el que más rabia te dé (siempre se ha dicho eso ante la duda).
Un abrazo.
Conchi
Conchi, mientras leía tu cuento, imaginaba a ciertos gobernantes- o gigantes,como diría don Quijote-.
Has hecho una versión similar pero diferente y muy bien llevada.
Para exponer todo lo que querías exponer, es lógico que te alargases.
Te felicito por el cuento y por la idea que tuviste al invitarnos a participar.
Deberiamos publicarlo ¡Buena idea!
Un abrazo
Conchi, de vuelta por aqui para terminar de leer los cuentos que me quedaron pendientes, el tuyo me gustó muchísimo por la carga ecológica que expresa y que has plasmado con una imaginación apabullante... un abarzo
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