

EL LOBITO Y LOS TRES CERDITOS
Había una vez un lobo que llevaba una semana sin comer, vivía en un bosque, en un tronco hueco. Vestía pantalones verdes y chaqueta morada. Parecía muy feroz pero era todo lo contrario.
Un día se despertó al escuchar ruidos. ¡Parecían de construcción!. Se asomó fuera de su tronco y vio a un cerdito, era pequeño y gordito. Estaba haciendo una casita con paja. Los ruidos no venían de ahí, estaba claro. El cerdito ya había acabado para cuando el lobo se dio cuenta. El lobo estaba hambriento pero todavía tenía algunas fuerzas, así que llamó insistentemente a la puerta y le dijo al cerdito:
-¡Por favor, ábreme, necesito algo de comer!
El cerdito no abrió porque estaba muy asustado, ya que creía que el lobo se lo quería comer. El cerdito se puso a temblar de miedo, y tembló tanto que derribó su casa. Al derribarse la casa, el cerdito salió corriendo a la casa de su hermano mayor, que era alto y delgado. El lobo pensó que iba a buscarle comida, así que lo siguió y llegó a la casa del segundo cerdito que estaba hecha con ramitas.
Cuando los cerditos lo vieron se asustaron mucho y se pusieron a correr por toda la casa. El lobo llamó a la puerta y volvió a decir:
-¡Por favor, abridme, sólo quiero algo de comer!
Al decir esto, el cerdito mayor se despistó y se chocó contra la pared, eso fue suficiente para derribar la casa. Al derribarse la casa los cerditos salieron corriendo a la casa de su otro hermano, que era alto y gordinflón. El lobo no sabía por qué se derribaban las casas, no sabía por qué corrían todo el rato los cerditos, y decidió seguirlos de nuevo para ver si esta vez tenía suerte y le daban algo de comer. Después de un largo rato caminando el lobo encontró una gran casa hecha con ladrillos y vio humo saliendo por la chimenea. El lobo se asomó por la ventana y vio que los cerditos estaban guisando algo. Al lobo le entró curiosidad y subió al tejado, se asomó por la chimenea para ver mejor el caldero, mientras pensaba:
-¿Serán garbanzos? ¿Serán lentejas? ¡No, es sopa!- y diciendo esto se escurrió con una teja y cayó de cabeza al caldero.
Los cerditos gritaron despavoridos cuando vieron al lobo dentro de la casa, pero lo que nunca imaginaron es que el pobre lobo iba a llorar y llorar y llorar sin parar.
-¡Qué desgraciado soy, llevo una semana sin probar bocado y nadie me ayuda! ¡Tengo tanta hambre!
Los cerditos se miraban asombrados y sintieron lástima del lobo. Ya no les parecía nada fiero y decidieron ayudarle.
-¡Pensábamos que nos querías comer! ¡Estábamos muy asustados!... Pero compartiremos la sopa contigo, ya sabemos que no eres malo.
-Muchas gracias, cerditos, siempre seréis mis amigos.
Recordad que, a veces, las apariencias engañan.
Marina, 11 años.









