
Postrada en mi lecho de muerte, a pocos metros de la puerta que habré de cruzar cuando llegue el momento final, ruego a Dios que no me tiemble el pulso y tenga las fuerzas necesarias para dejar constancia de mi paso por este mundo. Muy pocos me han querido escuchar y voces ignorantes han proclamado a los cuatro vientos mil historias malintencionadas que no reflejan los hechos acaecidos.
Mucho tiempo atrás, fui una mujer hermosa. Muy pocos lo dirían al verme ahora despojada ya de todos las bendiciones, enferma y débil. Decían que no había en la comarca un rostro mejor enmarcado en hermosa cabellera ni un cuerpo que se moviese sobre los adoquines de la plaza con tanto donaire.
Muy joven fui desposada por un apuesto caballero unos años mayor que yo que, atraído por mi belleza sin igual, me proporcionó todo cuanto una dama pudiera soñar y me dio dos hijas maravillosas. Sin embargo, tanta felicidad me terminó por asustar e, hipnotizada por mis miedos, atraje hacia nosotros una nube de desgracia que cubrió mi cielo dejándome sola con dos criaturas a las que no podía alimentar.
En ese tiempo, el barón Clayton acababa de enviudar y buscaba desesperadamente una mujer que cuidara de su recién nacida. Atraído por mi belleza, se presentó un día en mi casa y prometió colmarme de riquezas si accedía a convertirme en su esposa. Y así fue como decidí dar el paso y convertirme en
Yo y mis dos hijas nos fuimos a vivir al palacio del barón donde me hice cargo de la pequeña a la que cuidé como a mi propia hija. Sin embargo, nunca me sentí señora en aquella casa. El barón añoraba tiempos pasados y pasaba largas noches llorando ante el retrato de la difunta en el salón. Yo, muda y engañada, contemplaba la escena sin atreverme a intervenir, atrapada en una casa donde otra era la dueña. Aquel retrato se convirtió poco a poco en mi silenciosa obsesión.
Por la mañana, cuando el barón se reunía con su secretario para revisar la correspondencia, yo me sentaba en el salón tranquilamente sintiendo el pulso de la mañana mientras las niñas con su tutora hacían los deberes. Sacaba la costura y continuaba el trabajo pendiente desde el día anterior. Todo fue bien hasta que una fría mañana de noviembre me pareció que alguien me llamaba. Levanté la vista de la labor y, viendo que no había nadie presente, alcé los ojos y allí, en el retrato, los labios se movieron para pronunciar mi nombre. La dulce figura mudó su cara bobalicona por una expresión feroz y mi alma se sobrecogió.
‘¿Qué quieres de mí? Alcancé a decir.
‘¡Que salgas inmediatamente de mi casa!’ Me contestó indignada.
‘No puedo’, le dije, ‘ahora soy yo la baronesa y además tengo a tu hija a mi cargo’.
‘¡O sales de mi casa o maldecirás tu suerte! ¡A mi hija la cuidaré yo!’, me respondió.
En ese momento se abrió la puerta del salón. Mis bellas hijas entraron corriendo para anunciarme que iban al parque, sus expresivos rostros enrojecidos por la emoción. La cara del retrato se dulcificó nuevamente y la mirada se tornó eterna y distante.
A partir de aquella conversación, mis hijas comenzaron a sufrir toda clase de calamidades. Las enfermedades se cebaron en ellas y sus almas se afearon con tanto sufrimiento. El dolor se reflejaba en sus rostros contraídos y sus angulosas caras dejaron al descubierto una fealdad inhumana que solo podía provenir de un hechizo cruel.
Frente a ellas, perfecta, crecía la hija de la difunta baronesa. Protegida por extrañas fuerzas que la mantenían en un universo muy diferente a aquel en el que se desarrollaba mi vida y la de mis hijas. Su rostro ignoraba el dolor y su alma poseía la pureza del que no se ha enfrentado al menor contratiempo.
Fue entonces cuando ella, en un rapto de imaginación, se inventó todo aquello del baile del príncipe. En su locura transformó el mundo conocido en toda una fantasía de calabazas-carrozas y zapatos de cristal. Nunca conoció a príncipe alguno. Su madre, desde el retrato, había urdido toda una maraña que, junto a la obsesión del barón por la difunta ausente, atrapó a la huérfana y la desconectó del mundo real.
Mis hijas, feas y doloridas, pudieron salir al mundo y entender los problemas que encontraron, así como disfrutar de las pocas alegrías que se les presentaron. Pero, hoy en día, todavía lloro la desdicha de la pobre Elizabeth Clayton que, impelida por fuerzas sobrenaturales, nunca pudo vivir más allá del delirio al que le llevaron aquellos ratones convertidos en aurigas que condujeron su coche de caballos a la fiesta de la locura. Una locura que le sobrevino cuando fue calzada con su zapato de cristal.
Este secreto lo he llevado conmigo como pesada carga, callándolo para no sembrar la amargura en el corazón de aquellos que todavía hoy creen que Elizabeth Clayton logró convertirse en la dama del corazón del príncipe. Lloro su soledad y ruego a Dios que no haya otro ser humano que tenga que pasar por la terrible experiencia de esta hija a la que se le quitó el derecho a calzar su propio zapato usando el amor como justificación.
3-11-08
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8 comentarios:
Sinkuenta, aquí tu fan nº 1 entra para felicitarte por el gran cuento que has escrito. De nuevo nos ha sorprendido la voz de una madrastra preocupada por su hijastra. Pero qué bien lo has escrito!!!!
Te agradezco mucho tu esfuerzo, tu tiempo y tu generosidad al compartir esta creación con nosotros.
Creo que al final vamos a tener que publicar un libro, jaja.
Ya estoy esperando nuevas entregas (mariajesús, pato's, ricardo... y todos los que quieran!!!)
Un abrazo.
Conchi
Muy bien Sinkuenta,bonita tu historia del Zapato de cristal, una nueva creación de Cenicienta ¿sabes? leyendo todas estas versiones me pregunto ¿que opinarían los autores de los cuentos que todos conocimos de niños si las leyeran?, estoy segura de que os felicitarían.
Abrazos.
hola sinkuenta!!!!!!!
felicitaciones por esta versión de la cenicienta, dónde la madrastra no es la mala de la película.
gracias por compartirlo....
un abrazo desde Argentina.
Querida Conchi: gracias por tu comentario, me halaga mucho sentir que te haya podido gustar el cuento. Con respecto a las madrastras yo siento que la leyenda no las ha tratado muy bien y me empeño en defender a unas mujeres que se han acercado a coger las migajas que otras han dejado sin demostrar si hubieran sido capaces de enfrentarse a los problemas que la vida les traería. Un abrazo y sigue moviendo nuestras neuronas con tus retos!!
¡Felicidades por esta versión magnífica! Me gusta mucho, una vez hemos demostrado que las madrastras no son tan malas como las pintana aunque de todo hay en la viña del Señor.
Conchi, no sería mala idea publicar un libro con todas estas versiones, jajaja.
abrazos para todas.
Hola Sinkuenta, me uno a las felicitaciones de los demás. Una vez más se puede ver- gracias a tu versión-, la opinión de la otra parte. en este caso de la madrastra.
Eres veterana en esto de la escritura. Enhorabuena
Un beso
Kety
Cenicienta es uno de mis cuentos favoritos y a pesar de que ella es para mi "La princesa" por excelencia y de que, desde pequeña les tengo una manía increible a las hermanastras, has conseguido con tu versión hacerme olvidar y que llegase a compadecerme de la madrastra y sus hijas.
Bonita versión, felicidades
HOla Sinkuenta, me ha gustado tu relato, está muy bien escrito y las madrastras deberían hacerte un monumento, te lo mereces... un abrazo
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