lunes, 5 de diciembre de 2011

"CHURROS CON CHOCOLATE". Obra completa.

CHURROS CON CHOCOLATE

Obra escrita en un solo acto

por el Grupo Internacional “RED-GAERAS”

Escena 1ª: Conchi (Córdoba, España)

Escena 2ª: Blanca (Zaragoza, España)

Escena 3ª: Roser (Barcelona, España)

Escena 4ª: Sabela (Lugo, España)

Escena 5ª: Margarita (Barcelona, España)

Escena 6ª: Rosa (Barcelona, España)

Escena 7ª: Susana (Monte Grande, Argentina)

Escena 8ª: Marimer (Tenerife, España)

Escena 9ª: Loli (Barcelona, España)

Escena 10ª: Chus (Madrid, España)

Escena 11ª: Tomi (Madrid, España)

Escena 12ª: Piedad (Barcelona, España)

Arreglos: Conchi y Margarita

Ilustraciones: Tomi

Portada: Gloria (Barcelona, España)

INTRODUCCIÓN

Pensar que escribir una obra de teatro es una tarea fácil, que cualquiera es un Calderón o un Lope, es andar un poco descaminado. No ha sido esa la intención de este grupo que, sin pretensión, ha sabido llevar a término, no sin dificultad, la obrita que a continuación podéis leer.

Es un grupo de mujeres que han ido coincidiendo y aglutinándose en un rincón (http://compartirexperienciasyaprender.blogspot.com/) de una plaza virtual desde hace ya algunos años, que con anterioridad ya han emprendido otras rutas compartidas en la red y que, una vez más, nos ha demostrado que no hay obstáculos insalvables, sean la distancia, la enfermedad o el poco o mucho hábito de escribir quienes se iban a interponer al deseo más fuerte de hacer algo juntas. Y lo han conseguido.

En el interior de esta pequeña obrita de teatro escrita en un solo acto, encontrarás tópicos de la vida cotidiana, pero tratados con gran naturalidad y sencillez que los hace cercanos a la realidad, de tal manera, que al imaginarlos representados estaríamos viendo escenas propias de cualquier plaza o rincón.

Como toda obra dramática, está pensada en una doble dirección. Una, la primera, satisfacer el deseo del autor, en este caso, colectivo, porque han sido 13 las mujeres que han puesto su imaginación y esfuerzo en escribir aquello que les ha parecido bien. En un segundo lugar, por qué no, esperar que, en algún momento, un grupo de personas se decida a llevarla ante el público en un escenario.

En definitiva, el grupo internacional RED-GAERAS (sus miembros respiran los más diversos aires y una amplia geografía) nos ofrece la oportunidad de pasar un buen rato, de entretenernos, de reír o sentir los sentimientos de sus personajes. A veces el teatro es un espejo, otras, no, donde nos podemos ver reflejados o, simplemente, podemos gozar o sufrir con las vidas representadas. Evidentemente, la intención que hay detrás de esta obrita es tan simple como la de hacernos pasar unos momentos agradables con su lectura y, eso, también lo han conseguido.

Paco

CHURROS CON CHOCOLATE

PERSONAJES

Cayetana: mujer mayor y muy rica. Torpe de piernas y corta de oído.

Jacinta: mujer de unos 60 años. Sirvienta de doña Cayetana. Habla muy de prisa.

Antonia: mujer de unos 55 años. Viuda. Viste de negro. La quiosquera.

Soledad: mujer de unos 50 años. La maestra del pueblo. Siempre va leyendo, incluso cuando camina. Habla despacio y pronunciando mucho las eses.

Manolo: hombre de unos 60 años. Municipal del pueblo. Tartamudo. Siempre que pasa por la plaza se para en el quiosco.

Virtudes: una vecina

Rosario: otra vecina.

(Virtudes y Rosario son las “chismosas” del pueblo. Se van a la plaza con sus labores y no se pierden detalle de lo que allí ocurre).

Marta: chica de unos 18 años. Hija de Antonia. Se peina con un alto tupé y usa zapatos con plataforma. Siempre va con una pequeña radio en la mano escuchando música.

Consuelo: mujer de unos 70 años. La abuela. Su casa da a la plaza por lo que no le importa salir en bata y con zapatillas.

Alberto: hombre de unos 50 años. El cartero. Siempre va con una bicicleta. Muy aficionado a leer novelas.

Candela: mujer de unos 45 años. Pintora. Muy moderna. Va con su caballete y sus pinturas para inmortalizar los edificios del pueblo.

Cristina: niña de unos 10 años. Nieta de Consuelo.

Vecinas y vecinos del pueblo.

Niños que van a la plaza a jugar con sus maquinitas.

La acción se desarrolla en la plaza del pueblo. A la izquierda se ve media fachada de la escuela, en el centro la fachada del Ayuntamiento, a la derecha media fachada de la Iglesia. Entre los tres edificios se verán casas y dos calles que desembocan en la plaza. Delante del Ayuntamiento está el quiosco. Al lado de él hay una mesita con cuatro sillas de madera plegables (de las de los bares). A izquierda y derecha hay dos bancos también de madera. Al lado del banco de la izquierda hay un buzón pintado de amarillo. Al lado del banco de la derecha hay una vieja papelera.

Noviembre de 1985. El día amaneció soleado pero hace frío. El escenario estará iluminado con una luz blanca.

ESCENA 1ª

(ANTONIA, CAYETANA y JACINTA)

(Al abrirse el telón se ve a Antonia preparando su quiosco. Se oye una música de Joan Manuel Serrat, su cantante favorito. Tiene varias cintas de cassette que va poniendo a lo largo de la representación.

Antonia va vestida de negro porque es viuda desde hace quince años. Amaba tanto a su marido que cuando falleció echó la promesa de no quitarse el luto en toda su vida. Se quedó con cinco hijos, la más pequeña tenía tres años. Trabajó mucho para criar a sus hijos hasta que el ayuntamiento le concedió la licencia para poner un quiosco en la plaza. Empezó vendiendo pipas, caramelos, castañas y poco más. Ahora lo tiene muy bien montado y cuenta con una pequeña nevera para poder vender helados y refrescos. También hace churros con chocolate por la mañana, para el desayuno de los vecinos.

Antonia es una mujer alegre, a pesar de las dificultades que ha tenido en la vida. Canta al son de la música, ayuda a quien lo necesita, da consejos y hasta sabe curar pequeños males con remedios naturales.

Por la izquierda entran Cayetana y Jacinta dirigiéndose lentamente hacia el banco de la derecha, donde se sientan. Cayetana viste un traje de chaqueta de color claro, lleva un gran collar de perlas y en la mano, un bolsito. Jacinta viste un vestido gris y medias negras.

Se para la música.)

CAYETANA: Creo que hoy va a hacer muy buen día. A lo mejor a la tarde me animo y voy al gimnasio.

JACINTA: Puede ser que suban las temperaturas pero yo ahora tengo frío.

CAYETANA: ¿Qué quieres, que vayamos al río?

JACINTA (dando voces): ¡No, señora! Que- ahora-hace-frío.

CAYETANA: Es verdad. Uhmm, qué bien huelen los churros de Antonia. Anda, ve y compra una rueda, la mitad para ti y la mitad para mí.

JACINTA (pensando en voz alta, con retintín): Sí, una rueda para las dos, nos vayamos a empachar.

(Cayetana saca del bolsito una moneda y se la da a Jacinta. Ésta, con paso ligero, se dirige al quiosco.)

JACINTA: Buenos días, Antonia

ANTONIA: Buenos días, Jacinta. Temprano habéis salido hoy a dar el paseo.

JACINTA (hablando muy deprisa): Sí, es que la señora parece que no durmió bien esta noche y de madrugada ya estaba levantada, así que en cuanto amaneció ya quería salir a la calle. ¡En qué me he visto para convencerla de que esperara un rato! Esta mañana hacía bastante frío.

ANTONIA: Sí que es verdad. Cuando yo venía esta mañana para hacer los primeros churros traía las manos congeladas. ¡Menos mal que los hago con la churrera! Jajaja.

CAYETANA (dando voces): Jacintaaaaa, ¿vienes con el churro o te lo estás comiendo ahí?

JACINTA (a voces): Ya voyyyyy, que se están friendoooo. (Hablando a Antonia.) Cada día está más maniosa y más tacaña. Mira, me ha mandado que compre una rueda de churros, la mitad para ella y la mitad para mí.

ANTONIA: ¡Hombre! ¡Qué comilona os vais a dar! Anda, ve y dile que si quiere un vasito de chocolate para mojar su medio churro.

JACINTA (corre hasta llegar a Cayetana): Señora, ¿quiere usted un vasito de chocolate para mojar el churro? Debe de estar muy rico porque huele muy bien.

CAYETANA (como está sorda del oído derecho no se entera): ¿Que Curro es muy bueno y muy rico? ¿Y a mí qué? Yo tengo más dinero que él, seguro. Anda, ve y dile a Antonia que qué pasa con el churro.

(Jacinta vuelve a ir corriendo hasta el quiosco.)

JACINTA: Antonia, anda, dame el churro que doña Cayetana ya no aguanta más. Chocolate no quiere, se vaya a engordar.

ANTONIA: ¡En quince años que llevo con el quiosco nunca nadie me había pedido un churro! Mira que llevo visto cosas, pero esto es el no va más.

JACINTA: Tú no sabes bien lo que yo he pasado. Nunca ha tenido un detalle conmigo ni con mis hijos, pero qué voy a hacer. Llevo toda mi vida trabajando para ella y ya, con mi edad, no voy a buscar otro empleo.

ANTONIA: Toma, un churro para ella y otro para ti, que te lo regalo yo y, además, toma este vasito de chocolate, que está calentito y te sentará bien. ¡Pero a ella no la dejes que moje su churro!

(Las dos mujeres se ríen.)

JACINTA: Muchas gracias, Antonia. Dios te lo pague.

(Jacinta vuelve al banco donde está Cayetana.)

JACINTA: Tenga usted, su churro. Antonia me ha regalado uno para mí y este vasito de chocolate para las dos.

CAYETANA (acostumbrada a los regalos): Ah, qué bien. A mí me quiere todo el mundo en este pueblo. Pero mira que es tonta Antonia, si regala los churros y el chocolate no va a salir de pobre. Pero bueno, allá ella. Dame que moje, Jacinta.

(En este momento entra Soledad, la maestra, por el lado derecho. Como siempre, camina despacio mientras va leyendo un libro.)

ESCENA 2ª

(ANTONIA, CAYETANA, JACINTA y SOLEDAD)

(Soledad lleva una falda recta de color gris a la altura de la rodilla, un jersey azul marino con un pañuelo estampado al cuello. Usa zapatos de medio tacón. Un bolso cuelga de su hombro derecho, en la mano izquierda, apoyándose en su pecho, una carpeta grande de anillas y un libro de Ciencias Naturales, donde hay imágenes grandes del aparato reproductor masculino y femenino.

Entra hablando sola muy lentamente y pronunciando mucho las eses.)

SOLEDAD: ¡Peroooooo cómo voy a explicar esto a los niñosss! ¡Si una no ha conocido varón!... ¡Qué modernidadessss!

(Se dirige al quiosco de Antonia.)

SOLEDAD: ¡Buenosss díasss, Antonia!

ANTONIA: ¡Buenos días, doña Soledad!

SOLEDAD: Por favor, Antonia, póngame dosss churritosss y un vasito de chocolate, que esté muy caliente. ¡Estoy helada!

ANTONIA: Ahora mismito.

(Soledad se sienta en la mesa que hay al lado del quiosco y sigue leyendo el libro.)

ANTONIA (llevándole los churros y el chocolate): ¡Ha madrugado mucho esta mañana! ¿Le pasa algo doña Soledad?

SOLEDAD: Pasarme, pasarme… ¡Sí, Antonia!, ¡estoy muy apurada! ¡Tengo que explicar a los niños…!

ANTONIA: ¡No me diga que está acelerada por la docencia! ¡Si lleva media vida en esto!

SOLEDAD: Lo sé, lo sé, Antonia, ¡pero mire usted esto! (Le enseña las imágenes).

ANTONIA (sentándose en una silla para ver mejor el libro): ¡Válgame Dios! ¿Y esto tiene que explicar usted a los niños? Si lo digo yo, con los medios que hay ahora: la tele, la radio, el cine, las enciclopedias… ¡Y cada día son más tontos! A mi difunto marido y a una servidora nadie nos explicó ná de ná. ¡Y tuvimos cinco churumbeles! (Sonriendo y mirando al cielo.) ¡Cinco churumbeles como cinco soles! ¡Sí, señor!

(Jacinta ha dejado en el banco a doña Cayetana tomándose el chocolate y se acerca al quiosco para saludar a la maestra.)

JACINTA: ¡Buenos días, doña Soledad!

SOLEDAD: ¡Ayyyyyyyyyyyy! ¡¡Buenosss díasss, Jacinta!

JACINTA: ¡Suspira usted mucho!

ANTONIA: ¡Es que hoy tiene que explicar un temaaaa…! (Agitando la mano para indicar que es algo complicado.) ¡Un “temazo”, diría yo!

JACINTA (poniendo cara de curiosidad se sienta en la otra silla): ¿De qué trata…?

SOLEDAD (hablando lentamente): ¡”El Aparato reproductor masculino y femenino”, Jacinta! ¿Qué le parece a usted? ¡Estosss librosss de texto tan modernosss nos ponen en unasss tesiturasss!

JACINTA: ¿En qué…?

SOLEDAD: ¡TE-SI-TU-RASSSS! Opino que la ignorancia no conduce a nada, el conocimiento esss importante, pero… ¿Y los padresss…? ¿Qué dirán de mi honestidad?

ANTONIA: De su honestidad no sé…pero estoy segura que a más de uno… ¡los va a sacar del aprieto…!

JACINTA: ¿De qué aprieto…?

ANTONIA: De no saber cómo… explicárselo a sus hijos…

(Soledad, ya más tranquila, moja el churro en el vaso de chocolate que Antonia le había dejado sobre la mesa, y que todavía no había probado. Con la otra mano en la barbilla se pone en actitud pensativa.)

SOLEDAD (hablando lentamente): Antonia, usted esss una mujer cabal, con una inteligencia natural extraordinaria, ¿qué opinaría usted si uno de susss hijosss estuviera hoy en mi clase?

ANTONIA: ¡Pues muy bien, doña Soledad! ¡Estaría encantada! Si estoy por mandarle a mi Marta… Nunca me he atrevido a hablar con ella de “este tema”… ¡Y con sus 18 tacos y todos los fines de semana de guateques y discotecas!

JACINTA (suspirando se pone de pie): ¡Ay! ¡Juventud, divino tesoro!

ANTONIA (levantándose de la silla): ¡Que me parece muy bien! ¡Que nosotras no sabíamos ná… ¡Que nos engatusaba cualquiera!

SOLEDAD (de pie): Tienen ustedesss razón, Antonia ¡La libertad empieza por el conocimiento! (Habla levantando los brazos como si estuviera dando un discurso.)

(Soledad mira hacia el lado derecho de la plaza y ve que entra Alberto. Se pone nerviosa. Mira su reloj de pulsera.)

SOLEDAD: ¡Qué a gustito me quedaría en la plaza! ¡Ayyyy! ¡Me voy a la escuela, se me hace tarde!

(Sale sonriente Soledad por la izquierda. Jacinta vuelve al banco y se encuentra a Cayetana tumbada durmiendo (seguramente el churro con el chocolate calentito la relajó). Antonia recoge el vaso de doña Soledad y entra al quiosco. Jacinta coge el vaso del chocolate, que Cayetana había dejado en el suelo, se lo lleva a Antonia y vuelve al banco donde se sienta en una esquinita para no molestar a la señora. Teme despertarla y que se enfade.

Alberto entra con su bicicleta por la derecha, al mismo tiempo que Consuelo y Cristina.)

ESCENA 3ª

(ANTONIA, JACINTA, CAYETANA, CONSUELO, CRISTINA, ALBERTO y CANDELA)

(Alberto da unos pasos y se detiene. Apoya la bicicleta sobre su cuerpo y mira dentro de la cartera que lleva colgada en bandolera. Saca un pequeño libro y lo ojea.

Consuelo va con la cabeza llena de rulos y vestida con una bata de guatiné y zapatillas de lana. Lleva a su nieta de la mano pero, al momento, ésta se suelta y corre hacia el quiosco gritando.)

CRISTINA: Cómprame chuches. Vaaa, solo unas poquitas, abuela.

CONSUELO: Niña, que vas a llegar tarde a la escuela. Mira, doña Soledad acaba de entrar.

CRISTINA (llegando junto a Antonia): Un duro de chuches de las que a mí me gustan. Antonia…corra, corra que llego tarde.

ANTONIA: ¡Ay, criatura, toma, pero a ver si bajas antes de casa! No hagas enfadar a la abuela.

(Cristina coge la bolsa con las golosinas, da un beso a la abuela y se marcha corriendo por la izquierda. En ese momento suenan las campanadas del reloj del Ayuntamiento. Son las nueve en punto.)

ANTONIA: ¡Qué niños! ¡A todos les encantan las chuches! ¡Qué guapa está su nieta, Consuelo, y cómo crece, parece que fue ayer cuando llegó a este mundo!

CONSUELO: Ay, Antonia, ya estoy mayor, ya no tengo la paciencia de antaño, me dejan a la chiquilla, y no puedo con todo. Los padres de viaje y tú apáñatelas como puedas…

ANTONIA: Pero si está usted muy bien, Consuelo. Además, la niña no le da mucho tormento porque es muy buena.

(Jacinta se levanta del banco y se acerca a las dos mujeres.)

JACINTA: Sra. Consuelo, ¡que bata más bonita! ¿Es nueva? Está muy elegante y abrigaditaaa. (Con picardía guiñando un ojo.) ¿Habéis visto al cartero? Se quedó parado mirando…

CAYETANA (despertándose enfadada llama a voces a Jacinta): Jacintaaa, ¿para qué te pago yo, para que me hagas compañía o para que estés toda la mañana de cháchara? Venga, vámonos, que me estoy quedando helada y me voy a resfriar. Señor, señor, ¡qué mal está el servicio!

JACINTA (entre dientes): ¡Bruja regruñona! Ya voyyy, señoraaaaa.

(Alberto, con su bicicleta, llega al quiosco junto a las mujeres. Cayetana y Jacinta, cogidas del brazo, salen de la plaza por la izquierda.)

CONSUELO: Hola, Alberto. ¿Me traes carta?

ALBERTO: No, Sra. Consuelo. ¿Es que espera alguna?

CONSUELO: Bueno, están mi hijo y la mujer de viaje, espero que al menos una postal para su hija mandarán. ¡Estos padres jóvenes! En mis tiempos no dejábamos así a los hijos. ¡Cómo han cambiado las cosas!

ANTONIA: ¿Qué, Alberto, mucho trabajo hoy? ¿Ha visto a doña Soledad? Hace un rato ha estado aquí. Veo que hoy también lleva usted un libro, ¿es para ella? Alberto, a ver si se decide, que el tiempo va pasando…

CONSUELO (acercándose): ¿Qué tiene que decidir? ¿Pasa algo, Alberto?

ALBERTO: Antonia, no empiece. Nada, Consuelo, no pasa nada, Antonia que siempre está de guasa. Ande, póngame una taza de chocolate bien caliente que hace frío, me quedaré un rato con ustedes. (Va a apoyar su bicicleta en el quiosco pero se arrepiente y decide tumbarla en el suelo. Luego se sienta en la mesa junto al quiosco, en la silla donde estuvo sentada doña Soledad.)

(Antonia y Alberto siempre se hablan de usted. Aunque ella es mayor que él siempre lo trató con mucho respeto. Lo mismo le pasa a él con ella.

Consuelo se queda remolona mirando el quiosco para ver si se entera de la conversación.)

ANTONIA (desde dentro del quiosco): ¿Solo un chocolate, Alberto? Venga, hombre, unos churritos también. Así hace tiempo y mientras, consuela el estómago. ¡Ya se los regalo!

ALBERTO: Gracias, Antonia. Es usted el alma de la plaza, siempre tan amable.

(Mientras Alberto espera a que Antonia le sirva el chocolate se pone a repasar las cartas que tiene que repartir. Hay alguna que es urgente, lo pone en el sobre con letras bien grandes.)

ANTONIA (se acerca y baja la voz): ¿De qué le sirve tanto intercambiar libros? Lo que tiene que hacer es hablar con ella o, al menos, escribirle una carta; luego, la mete entre las hojas del libro para que ella la encuentre, ya me entiende… Que usted es muy cortao, Alberto, muy cortao y así ella no se va a enterar nunca.

CONSUELO: Hablar más alto que no me entero de nada. ¿Qué decís?

ANTONIA y ALBERTO (a la vez): Nada, Consuelo, nada.

CONSUELO (mosqueada): Vale, vale, ya me voy para casa, que aquí nos andamos con secretitos.

(Consuelo camina hacia la derecha arrastrando los pies con sus zapatillas de lana. Siente frío, se cruza la bata de guatiné para abrigarse. Antes de salir ve entrar a Candela. Consuelo se detiene para saludarla.

Candela llega cargada con un taburete plegable, su caballete y el maletín de pinturas. Lleva una falda larga estampada y un grueso anorak, zapatos planos, unos guantes de lana con la punta de los dedos recortados y el pelo recogido en una trenza. Es una joven muy moderna, le gusta vestir cómoda sin importarle lo que dirán los demás. Camina decidida. Quiere pintar la perspectiva de la calle y la media fachada de la Iglesia. La luz del sol lo inunda todo, es ideal para su cuadro. Planta el caballete en medio de la plaza mientras atiende a Consuelo.)

CONSUELO: Buenos días, Candela, hace mucho frío hoy para pintar.

CANDELA: Hola, Consuelo, voy muy abrigada, quiero aprovechar esta luz tan clara que hay en la plaza. Adiós.

CONSUELO: ¡Quede con Dios! (Se va por la derecha.)

(En la mesa junto al quiosco se quedan Antonia y Alberto hablando. Vuelve a sonar la bonita melodía de Serrat.)

ESCENA 4

(ANTONIA, ALBERTO, CANDELA, VECINAS, MANOLO y MARTA)

(Candela se quita el anorak y se pone un guardapolvo para proteger su ropa de la pintura. Delante del lienzo que colocó en el caballete, intenta, con un pincel en la mano, el brazo estirado y cerrando un ojo, hacer el encuadre perfecto mientras suena la música.

Nada, no le gusta. Recoge todos los bártulos y se va malhumorada y cabizbaja.)

CANDELA (hablando al público): El día no resultó ser tan claro. Más tarde volveré, a ver si con otra luz… (Sale por la derecha.)

ANTONIA: ¡Mira la pintora! Ni saludó.

ALBERTO: Sus problemas tendrá, Antonia.

(Hablando bajito aparecen en escena Virtudes y Rosario. Entran por la derecha y van hasta el banco de la izquierda. Dejan en él sus labores y se acercan a Antonia y Alberto que siguen sentados en la mesa. Oyeron las últimas palabras de Alberto y quieren enterarse de lo que pasa.)

VIRTUDES: ¿Quién tiene problemas, Alberto?

ROSARIO: Ya sabes que estamos aquí para ayudar en lo que sea y a quien sea.

ALBERTO (haciendo un guiño a Antonia): Ya están estas…

ANTONIA: Eso digo yo, ¿quién tiene problemas de matemáticas? Mis hijos desde luego que no. Ya pasaron la edad del cole.

VIRTUDES y ROSARIO (hablando a la vez): ¡Mujer! No se ponga así, sólo queremos ayudar.

ANTONIA: Y… ¡saber!

ROSARIO: Vamos, Virtudes, que no se pueden tener buenos sentimientos. (Llegan hasta el banco, cogen sus labores, y están muy atentas para ver lo que pueden pescar).

VIRTUDES: Sea como sea tenemos que averiguar lo que se traen entre manos estos dos.

ROSARIO: Cierto, que si no se me va a atragantar lo que coma.

(Antonia y Alberto cuchichean sentados en la mesa. Virtudes y Rosario hacen lo mismo en el banco. En ese momento aparece en escena Manolo, el municipal, muy atento a lo que lleva entre las manos. (Entra por la izquierda.))

MANOLO: De ho-o-o-y no pa-a-a-sa, ten-n-ngo que da-a-arle los za-a-arci-illos que com-m-m-mpré para e-e-ella-a-a. (Se supone que son para Antonia.)

ROSARIO: ¿Qué dice, buen hombre? Ni el cuello de su camisa lo escuchó.

MANOLO (levanta la cabeza, ve los dos grupitos y): ¡Qué-e-e ho-o-orrrro-o-or! No-o-o es és-s-ste el me-e-e-ejo-o-or mome-e-ent-to-o-o… (Da media vuelta y corriendo como alma en pena, sale por la izquierda.)

ROSARIO: Me parece que hoy no nos vamos a enterar de nada.

VIRTUDES: ¡Aaaay! Y encima voy y me pincho, seré tonta. (Se chupa el dedo y las dos hacen ademán de estirarse las orejas para intentar pescar algo.)

(Se levanta Alberto de la mesa, recoge la bicicleta del suelo y se despide de Antonia.)

ALBERTO: Bueno, señora Antonia, el trabajo me reclama. Pensaré en todo lo que me dijo y soñaré con mi amada… (Pasando por delante de las dos vecinas que no logran enterarse de nada les dice.) ¿Qué, hoy no se da bien el día? Paciencia, chicas, que todos la tenemos que tener. (Sale por la izquierda.)

ROSARIO: Mira éste.

VIRTUDES: Vaya con Dios, buen hombre.

(La mesa del quiosco se queda vacía porque Antonia entra a preparar más chocolate para los desayunos que aún no sirvió.)

VIRTUDES: ¿Vamos a tomar un chocolate y unos churros?

ROSARIO: Buena idea, aunque ya desayuné en casa. Estaremos así más cerca de todo lo que pueda hablar la quiosquera, porque no suelta prenda. Tendremos que poner la máxima atención y colocar la antena.

(Van hacia el quiosco y se sientan en la mesa.)

ROSARIO: Señora Antonia, ¿nos puede traer dos chocolates y dos churros…?

ANTONIA: ¡Enseguida! (Entre dientes.) ¡No vaya a ser que os engordéis!

ROSARIO: ¿Que qué coméis? Y a usted qué le importa.

ANTONIA (contesta desde dentro): No se enfade, mujer, que estaba pensando si en esta plaza está todo el mundo a dieta.

ROSARIO: ¿Que si echamos la siesta? Virtudes, ¿tú crees que estamos seguras aquí?

(Antonia y Virtudes contestan al mismo tiempo.)

ANTONIA: ¡Y de fiesta también!

VIRTUDES: ¡Yo qué sé!

ROSARIO: Chicas, ¿a qué coro pertenecéis? Si habláis a la vez, no me entero.

VIRTUDES: No te preocupes, Rosarito, que hoy la plaza enmudeció. Antoniaaaaaa, ¿nos sirve o qué?

ANTONIA: En nada voy. Piensen que semejante consumición lleva su tiempo prepararla. (Entre dientes.) ¡Cotillas, más que cotillas!

ROSARIO: Mírala, nos dijo colillas. Eso, usted; y ya se me están quitando las ganas de ayudar a su economía.

ANTONIA (sale con una bandeja): Aquí tienen su chocolate y sus churros, que les aproveche. Siento no tener un “chisme” de tapita, otro día será. (Se da media vuelta y entra en el quiosco.)

VIRTUDES: Nosotras solo queremos ayudar.

(Entra por la derecha Marta, la hija de Antonia. Como siempre, lleva su tupé, sus plataformas, su transistor a todo volumen y anda al ritmo de la música. Cuando llega a la altura de las dos vecinas, oye un grito y las mira, la están llamando.)

ROSARIO: Martita hija, qué guapa y elegante vienes. ¿Qué te trae por aquí?

MARTA: Nada en especial. Pasaba por la plaza para ver si las veía y les decía… (Ellas expectantes.) ¡Se me olvidó!

VIRTUDES: Piensa, hija, piensa.

MARTA: Ah sí, ya me acuerdo, ¡que son unas chismosas! Jajajaja (Entra en el quiosco).

ROSARIO: ¡Vaya con la niña!

VIRTUDES: Lo que tenemos que aguantar; nosotras que somos tan educadas y que para nada nos interesa la vida de los demás. (Coge un churro y lo moja en el chocolate. Habla con la boca llena.) Todo sea por ayudar.

ROSARIO: Mira, Virtudes, no te lamentes y acércate al quiosco para enterarte de algo. De seguir así, nos volvemos a casa como vinimos.

VIRTUDES: ¡Buena idea! (Se levanta y va.)

(Rosario se queda sentada en la mesa paladeando el churro y el chocolate, a la vez que hace un gesto de que está todo buenísimo, ¡hummmmm!

Dentro del quiosco, Antonia y Marta están manteniendo una conversación muy interesante.)

ESCENA 5ª

(ANTONIA, MARTA, ROSARIO y VIRTUDES)

(Marta entró en el quiosco con el transistor muy alto y dio un beso a su madre de paso que fue a coger un donut y una chocolatina del mostrador.)

ANTONIA (algo molesta): ¡Niña, apaga el transistor ese que te vas a quedar sorda! Todo el día pegada a él… sin nada que hacer; no sé qué va a ser de ti, hija. Tienes que tomarte las cosas en serio, ya no eres una niña. O estudias algo, o te vienes aquí al quiosco a echarme una mano.

MARTA (poniendo gesto de fastidio): No me comas el coco... Tranqui, vieja, que no quiero malos rollos.

ANTONIA (molesta): ¿Vieja? ¡Vieja será la ropa! ¡Ay, señor! Dame paciencia con esta niña.

(Marta apaga el transistor de mala gana, lo deja encima del mostrador y sigue mordisqueando el donut y la chocolatina. Tras unos instantes de silencio, le pregunta a su madre.)

MARTA: ¿Qué tal fue la mañana, ma?

ANTONIA (resoplando): Así asá. En este pueblo pareciera que todos se hayan puesto a dieta, hija mía. Con decirte que doña Cayetana le pidió a Jacinta que comprara un churro para compartir a medias... Y me dio tanta pena, por Jacinta, claro, que le regalé otro y un vasito de chocolate.

MARTA: Jajaja, ¡qué morro…! esa mujer va a ser la más rica del cementerio. Mamá, yo no sé por qué dejas que esa vieja te haga la pirula.

(Virtudes, preocupada por que madre e hija adviertan su presencia, y por temor a que Rosario acabe con los churros y el chocolate antes de que ella regrese, se dirige junto a su compañera.)

ROSARIO: ¿Te han descubierto? ¿Qué has averiguado?

VIRTUDES: Ay, hija, ni que fuéramos de la C.I.A… Mejor no preguntes y alégrate porque nunca tuvimos hijos.

ROSARIO: ¿Tan malo ha sido?

VIRTUDES: Peor. Esa niña es una deslenguada, capaz de acabarle la paciencia a un santo.

ROSARIO: Bueno, quedémonos un rato más, a ver qué podemos coger. No me gustaría que hoy nos fuésemos de vacío.

(Mientras, dentro del quiosco, madre e hija, siguen con su charla. Marta dirige la conversación al punto que a ella le interesa.)

MARTA: ¿No se ha pasado por aquí Manolo?

ANTONIA (algo nerviosa): No, ejem… Quien se ha pasado es Alberto, que me da una pena… Está enamoradísimo de Soledad y no se atreve a decírselo. Como se ande con remilgos se le escapa, y eso que yo diría que ella también está…

(Marta interrumpe a su madre.)

MARTA: Mamá, a mí los romances entre Alberto y Soledad me la traen al fresco. Yo te preguntaba por Manolo, porque lo vi dos calles más abajo dirigiéndose hacia aquí y como últimamente todas sus rondas acaban en tu quiosco…

ANTONIA: ¿Y qué con eso?

MARTA: No te hagas la tonta, que tienes tus añitos. Yo creo que está por ti.

ANTONIA: ¡Ay, hija, por dios!, ni que estuviéramos en edad de esas cosas.

MARTA: ¿Qué tiene que ver el amor con la edad? Además, no eres mayor. Si te quitaras esas ropas de cucaracha y te arreglaras el pelo un poco… (Marta peina los cabellos de su madre con los dedos, dándole forma.)

ANTONIA: Quita, quita. (Aparta la mano de su hija, avergonzada.)

MARTA (con tono cariñoso): Tú siempre te has sacrificado por nosotros. Papá nos dejó muy pronto y tuviste que trabajar muy duro para sacarnos a los cinco adelante. Nunca te has ocupado de ti, nunca te has quejado. Te mereces ser feliz. ¿Qué tiene de malo?

ANTONIA: Además, yo todavía tengo presente a tu padre (Se pone a abrillantar los cristales del mostrador, algo nerviosa.)

MARTA: Y yo. ¿Quién dice que tengas que olvidarlo? Tú estás viva. Mira, nosotros somos cinco y, ¿querer a uno te impide querer a los demás?

ANTONIA: Anda, anda, que eres una lianta.

MARTA: Siempre te rayas con que no hago nada y mira… Yo no voy a estar aquí apalancada toda la vida. Quiero pirarme a Madrid. Currar, ganarme algunos pavos y salir de marcha con colegas enrollaos, vivir La Movida. Tengo sueños, quiero ser actriz, y quién sabe si algún día llegue a ser una chica Almodóvar. Este pueblo es un muermo.

ANTONIA (algo apenada): ¡Ay, hija! Hasta ayer querías ser peluquera y hoy quieres ser actriz. Tienes edad de soñar, aunque ya llegará un día en el que extrañes al pueblo y a tu vieja, como me dices, pero tienes razón, tú has de vivir tu vida.

MARTA: No te emparanoies. Yo vendré a verte, tú siempre serás mi mami. (Le da un abrazo.) Bueno, me voy que tengo que hacer un recado. Ah, y no eches en saco roto lo que hemos hablado.

(Marta sale del quiosco y vuelve a encender el transistor. Ve que Rosario y Virtudes están pendientes de todos sus movimientos. Sintoniza una canción y dibuja una malévola sonrisa en su cara mientras pasa delante de las dos vecinas.)

MARTA (cantando): Bailando. Me paso el día bailando. Y los vecinos mientras tanto, no paran de molestar… (Se va por la derecha.)

ROSARIO: Esa chica es una maleducada de tomo y lomo.

VIRTUDES: ¿Qué te decía yo? Gracias a dios que no tenemos hijos. Además, con ese tupé que un día va a sacarle el ojo a alguien cuando vaya a besarla.

ROSARIO: Y esas hombreras que lleva ahora que le hace más espalda que si fuera un camionero, apenas puede ni pasar por la puerta…

(Antonia, que se percata de que están criticando a su hija, se acerca a las chismosas.)

ANTONIA: Señoras, ¿les traigo una almohada?

ROSARIO: Ay, Antonia, qué cosas tiene… ¿Para qué querríamos nosotras una almohada?

ANTONIA: Para que descansen la lengua, la deben tener agotada.

VIRTUDES: ¡Ay! ¡Será posible? Rosario, vámonos que ya sabemos de dónde le viene al galgo la casta.

(Se levantan de la mesa y van hasta el banco para recoger sus labores.)

ANTONIA (entre dientes): ¡Eso, eso! A ver si se van un ratito a hacer algún oficio con beneficio.

ROSARIO: Antonia, nos vamos. Tenemos que arreglar la comida, pero a la tarde bajamos a merendar.

ANTONIA: Aquí las espero, señoras.

(Rosario y Virtudes se marchan por la derecha al mismo tiempo que Manolo entra por la izquierda. Da un paso adelante y otro atrás, negando con la cabeza. Vuelve a repetir la operación, pero a la tercera, camina decidido hacia el quiosco.)

ESCENA Nº 6

(MANOLO, ANTONIA, ALBERTO y CANDELA)

(Candela entra por la derecha. Viene enfadada porque antes no pudo pintar nada y, sin darse cuenta, tropieza con Manolo. Sin pedirle perdón siquiera se dispone a montar su caballete en mitad de la plaza, mientras él la mira perplejo. Pasados unos minutos, el municipal reacciona.)

MANOLO: Po-o-o-o-o po-o-or favor, Candela, ¿Pue-e-e-ede us-s-s-sted deee-cir-meeee que-e-eé hace en me-ee-dio-o-o de la pla-a-a-zaa con el ca-ca-balleeeete preee-pa-ra-a-a-dooo pa-ra-aa pintar?

CANDELA: Pues eso, Manolo, pintar...

MANOLO: ¿No-no, sabe la seño-ñora que a esta hora está prohi-i-i-bido ocu-u-upar la calle? Pro-o-onto sa-a-al-drán los niños de la e-e-es-cu-uela.

CANDELA: Aquí, donde me he puesto, no creo que moleste a nadie.

MANOLO: Pu-u-ues me veo o-obli-iga-ado a multarla.

CANDELA: Manolo, lo que acabo de oír no lo dirás en serio, ¿verdad?

MANOLO: ¡Lo siii-ento, pero el el Ayunn-ntamiento nos ooo-bliga a poner un núme-e-ero deteeeeer-minado de multas-s-s al día, de lo lo lo contrari-i-io, al Señorrr A-a-alcalde-ee no no no le sssssa-len las cue-e-en-tas!

CANDELA (enfadadísima): ¡No dejan trabajar a una en ninguna parte! ¿Sabes lo que te digo, Manolo? Que todo es pura envidia.

MANOLO: ¿Een-viii-diia, de qué?

CANDELA: Sí, envidia porque soy joven y soy una artista con el pincel. ¿Y sabes lo que os digo a todo el Ayuntamiento entero? Que no tenéis narices para venir y quitarme de donde estoy pintando.

MANOLO: Miii-re, Candela, yo yo yo so-o-lo cu-u-umplo con mi obligación.

CANDELA: Pues tendrías que saber que hoy se celebra el concurso de pintura rápida y está permitido colocar el caballete en cualquier sitio.

MANOLO: Pe-e-errdone, Ca-a-andela, ssssse me ha-abía o-o-olvidado. Pe-e-ero-o-oo póngassssse u-u-u-usted más para-a-a-a-a allá para nnnnno molestar al pppppaso de los ni-ni-niños cuando ssssalgan del cole-e-e-egio.

CANDELA (moviendo el caballete con muy mal humor): Anda y que os zurzan a todos y os den por donde amargan los pepinos.

MANOLO: Mu-u-u-u-u-chas gra-gra-gracias, Candela.

ANTONIA (barriendo, habla sola pensando en las vecinas): Lo que tenemos que aguantar los que tenemos un negocio con las chismosas del barrio.

MANOLO (acercándose al quiosco): A-anto-onia, ¿qué ocurre? ¿E-estás ha-abla-ando so-ola?

ANTONIA: Calla, calla y no me hables. Rosario y Virtudes me ponen de los nervios, son unas cotillas y de todo se quieren enterar y encima tiene uno que poner buena cara si quiere vender un churro.

MANOLO (tímido y nervioso): Pu-pu-upues, los ne-ervi-ios te sientan mu-uy bi-ien, po-orque e-estás mu-uy gu-u-u-apa.

ANTONIA (ruborizada): ¡Ay, señor, si mi pobre Pepe, que en gloria esté, levantara la cabeza!

MANOLO: Pe-erdo-ona, Aanto-onia si te he he-echo re-ecordar o-otros ti-ie-empos.

ANTONIA: No pasa nada, Manolo, pero no he podido evitar recordar momentos felices. ¡Hace tanto tiempo que no oía la galantería de un hombre…!

MANOLO: Yo siempre me fi-i-ijo en ti, pe-e-ero no me atreví a decirte na-ada po-or si te mo-ole-estaba.

(Alberto entra por la izquierda con su bicicleta y se acerca al quiosco.)

ALBERTO: Hola, Antonia. ¿Qué hay, Manolo?

MANOLO (al público): Va-aya, ho-ombre, qué ma-ala sue-erte laa mí-ia... qué lá-astima que no se le hu-ubiera pi-i-inchado u-u-una ru-u-u-u-e-eda a la bi-ici-icleta.

ANTONIA: Hola, Alberto. ¿Acabó el reparto?

ALBERTO: No, Antonia, todavía me quedan algunas cartas, pero es que tengo otra cosa muy importante por hacer.

MANOLO: Bu-ueno, yo os de-eejo, voy ha-acia la e-e-escuuela que están a pu-u-unto de dar las do-o-oce y los ni-i-iños sa-alen co-omo lo-ocos. (Se va por la izquierda.)

ALBERTO: Hasta luego, Manolo, que te vaya bien. (Dirigiéndose a Antonia.) Ande, Antonia, sírvame un chocolate bien caliente a ver si entro en calor. (Se queda de pie junto al quiosco.)

ANTONIA: En seguida, Alberto. (Habla mientras pone el chocolate en el vaso.) Ahora no hace frío, ha salido el sol y se está muy bien. Ya ve, hasta Candela va a aprovechar la mañana para sus pinturas.

ALBERTO: Sí, ya veo que está con el pincel muy entusiasmada, por eso no he querido molestarla.

ANTONIA: Ha hecho bien, porque ya se pasó Manolo por allí y le dio un disgusto.

ALBERTO: ¿Ah, sí? ¿Qué pasó?

ANTONIA: Nada, que Manolo quería ponerle una multa. No se acordaba que hoy se celebra el concurso de pintura rápida y...

ALBERTO: ¡Ay, este Manolo! ¿En qué estaría pensando...?

ANTONIA (imaginándose por dónde iban los tiros, cambia la conversación): Dígame, Alberto, ¿qué es eso tan importante que tiene que hacer? ¿Se ha decidido ya a declararse a doña Soledad?

ALBERTO: No, mujer, es otra cosa. Le voy a proponer ir al concurso “Un, dos, tres, responda otra vez”.

ANTONIA: Y se presentan como novios, jaja.

ALBERTO: Qué más quisiera yo... (Saca un libro de la cartera.) Voy a darle este libro, a ver si así me atrevo a proponerle lo del concurso. ¿Qué le parece?

ANTONIA: Muy buena idea. (Se queda callada. El codo derecho apoyado en el mostrador y la mano en la barbilla.)

ALBERTO: ¿En qué piensa?

ANTONIA: En mi hija. Estoy muy preocupada por mi Martita.

ALBERTO: ¿Le pasa algo a Marta?

ANTONIA: Pasarle, lo que se dice pasarle, no le pasa nada pero esta mañana me ha dicho que cualquier día se va a Madrid. ¡Mi niña se quiere ir a Madrid! ¡Con el miedo que me dan a mí las capitales!

ALBERTO: Pero si la muchacha quiere ir a Madrid no puede impedírselo, ya es mayor de edad.

ANTONIA: No, claro, si yo solo quiero su bien, pero me da mucho miedo, no puedo negarlo. A mí me gustaría que se quedara en el pueblo y estudiara peluquería como era el deseo de su padre.

ALBERTO: ¿Y por qué no lo hace?

ANTONIA: Pues por qué va a ser, porque no tengo dinero para pagar los estudios. Y a ella, ahora, se le ha metido en la cabeza que quiere ser actriz, que quiere ser ¡una chica Almodóvar!

(El reloj del Ayuntamiento marca las doce (se oyen las doce campanadas). Alberto deja el vaso en el mostrador, se despide de Antonia y, con el libro en la mano, se dirige hacia la escuela. (Sale por la izquierda.)

Candela sigue pintando ensimismada, sin darse cuenta de lo que pasa en la plaza.

Suena la música.)

ESCENA Nº 7ª

(ALBERTO, SOLEDAD, CONSUELO, CRISTINA y ANTONIA)

(Mientras dura la canción de Serrat se ve en el escenario a Candela pintando y a Antonia recolocando las cosas del quiosco.

Al terminar la música entra Consuelo por la derecha. Atraviesa la plaza caminando con una mano sobre los ojos, a modo de visera, para ver si viene su nieta.)

ANTONIA (hablando sola): Claro, Alberto se dirige hacia la escuela, no para ver a los niños, si no para ver a su amada. ¿Cuándo se va a animar este hombre a declararle su amor a Soledad?

CONSUELO (volviéndose): ¿Qué dices, Antonia? No te he entendido.

ANTONIA: No he dicho nada, solo pensaba en voz alta.

CONSUELO: Aquí viene mi nieta.

CRISTINA: Abuela, ¡cómprame unas golosinas, andaaaaa!

CONSUELO: Niña, que tienes el almuerzo listo. ¿Para quién te crees que cocino yo? ¡No sé cuándo van a regresar tus padres! Ya estoy algo grande para estas corridas.

CRISTINA:Una nada más, abuelita.

CONSUELO: ¡Que no!

(Al mismo tiempo que Consuelo y su nieta se retiran de la plaza por la derecha, Alberto y Soledad entran por la izquierda. Él viene empujando su bicicleta y ella trae varios libros en las manos.)

ALBERTO: Doña Soledad, ¿le ha gustado el último libro que le traje?

SOLEDAD: ¡Claro que me ha gustado! Peroooo...Es bastante romántico, contiene escenas, cómo decir, esteee...¡un tanto audaces para mi gusto! Fíjese que el protagonista le da un beso de sorpresa a la joven que ama.

(Soledad se sienta en uno de los bancos. Alberto se da prisa en sentarse a su lado, dejando la bicicleta en el suelo.)

ALBERTO: ¿Y le parece a usted mal que así fuera? A veces aaaaa algunos hombres, les cuesta decir lo que sienten yyyyy....¡Bueno, reaccionan de esa forma para que su amada se entere! Mire, hoy le he traído este libro. (Se lo da.)

(Antonia mira el reloj del Ayuntamiento y empieza a recoger los artículos que están colgados por fuera del quiosco.)

ANTONIA: Creo que hoy voy a cerrar el quiosco más temprano, no se ha trabajado mucho esta mañana y debo hacer algunas cosas en mi casa.

(Alberto y Soledad continúan platicando sentados, mientras Antonia coloca las sillas sobre la mesa que hay al lado del quiosco.)

ALBERTO: ¿No ha notado usted un tanto rara a la señora Antonia?

SOLEDAD: Es muy posible que esté algo cansada, y también sé que está preocupada por Martita.

ALBERTO: Sí, ya lo sé. Antes, Antonia me contó que Marta se quiere ir a Madrid para hacerse actriz.

SOLEDAD: ¡Qué barbaridad! Pues yo creo que la chica es muy joven todavía para vivir sola en una gran ciudad. ¿No le parece a usted?

ALBERTO: Sí, claro, las jóvenes de hoy en día no son tan recatadas y juiciosas como las de antes....co co...como usted, por ejemplo ¡Por eso la admiro tanto!

(Soledad se siente ruborizada y se levanta casi de un salto. Habla muy nerviosa. Alberto también se pone de pie.)

SOLEDAD: Bueno, Alberto, tengo que regresar a casa. Mi madre me espera con el almuerzo hecho todos los días y no quisiera que se preocupara. ¡Antoniaaaa!, ¿nos vamos juntas?

ANTONIA: Ya termino de cerrar y voy con usted.

SOLEDAD: Adiós, Alberto. (Se va olvidándose los libros sobre el banco.)

ALBERTO: Vayan ustedes con Dios.

ANTONIA: Adiós, Alberto. (Habla mientras camina.) Ya ve usted, yo voy a mi casa, les pongo la mesa a mis hijos, como algo y me vuelvo al quiosco porque no puedo tenerlo mucho tiempo cerrado ya que es el único sueldo que tengo...

(Soledad y Antonia se retiran de la plaza por la derecha. Alberto se queda observando la figura esbelta de Soledad. Luego, se agacha, coge su bicicleta y se retira él, también hablando solo.)

ALBERTO: A ver si esta tarde puedo proponerle lo de presentarnos al “Un, dos tres”. (Sale por la izquierda.)

(En el escenario solo queda Candela que sigue pintando sin enterarse de lo que ocurre a su alrededor.

Suena la música de un vals y, de pronto, Candela se pone a bailar, con el pincel en la mano, como si fuera la princesa de un cuento de hadas. Al terminar la pieza musical vuelve a enfrascarse en su tarea, quiere terminar el cuadro para ver si gana el concurso de pintura rápida.

Soledad asoma por la derecha, pero antes de avanzar se asegura de que Alberto no esté en la plaza. Se dirige al banco para recoger sus libros y, de pronto, se fija en Candela. Lentamente se acerca a ella y se coloca detrás para ver la pintura sin molestar. No se atreve a hablarle. El reloj del Ayuntamiento marca la una (suena una campanada) y Soledad se acuerda de que su madre la espera para comer.)

SOLEDAD: ¡Mi madre! Hoy me tira la comida a la cabeza. (Sale corriendo por la derecha.)

(Poco después entra Antonia (por la derecha) y, con paso ligero, se dirige al quiosco para volverlo a abrir.)

ANTONIA (Piensa en voz alta.): Unas pesetas no me vendrán nada mal…La vida está cambiando.Y con esto de Marta, yo no sé lo que pasará.

(La tarde ha refrescado, por lo que Antonia lleva puesto un grueso saco negro, pero debajo se alcanza a distinguir una bonita blusa con florcitas de colores.)

ANTONIA: Esta Martita me ha llenado la cabeza con sus locuras y creo que estoy haciendo el ridículo con esta blusa. Bueno, espero que a las chismosas se les atragante la lengua antes de hablar de mí y entrar en suposiciones.

(Antes de entrar al quiosco se acerca a Candela.)

ANTONIA: Candela, ¿hoy no vas a comer?

CANDELA: Cuando termine.

ANTONIA: Bueno, mujer, pues sigue. (Mira el cuadro un momento. Hace un gesto con los hombros, como de no entender de pintura y se vuelve hacia el quiosco.) Está muy bonito. (Esto lo dice para “cumplir”, sin convencimiento.)

(Entra Soledad (por la derecha) muy apurada y cuando ve a Antonia con la blusa de florcitas de colores, grita.)

SOLEDAD: ¡Antoniaaaaaa! ¡Qué bien está usted, mujer! Parece que hubiese rejuvenecido veinte años, por lo menos.

ANTONIA (ruborizada hasta el cuello, se toma la cara con las manos): ¡Vaya, vaya! ¡No venga usted también con estas cosas!

SOLEDAD: ¡Pero si hasta se ha cambiado el peinado! ¡Es que le sienta muy bien! Lo dicho, ¡veinte años más joven! Creo que Manolo la va a mirar con otros ojos.

ANTONIA: ¡Calle, usted, por Dios! ¡Qué vergüenza!

SOLEDAD: Antonia, voy corriendo a la escuela porque debo hablar con la directora, pero cuando termine vendré a tomarme un chocolate calentito y un par de churros. ¡Téngalos usted preparados, por favor! Luego hablamos.

ANTONIA: No se preocupe. Ande, ande.

(Soledad camina muy rápido y sale por la izquierda.)

ESCENA Nº. 8

(CANDELA, ANTONIA, MANOLO, JACINTA, ROSARIO y VIRTUDES)

(Candela sigue pintando, sin enterarse de nada, sentada en su banqueta. Antonia, que dentro del quiosco se ha quitado el viejo abrigo negro y se ha colocado bien su blusa de flores y el pelo, se estira y comienza a hacer churros mientras tararea una canción de Serrat. Cuando tiene hechos los primeros, deposita un par de ellos en un plato, sirve un vasito de chocolate y sale del quiosco con la comida, dirigiéndose a Candela.)

ANTONIA: Toma, Candela, come algo mujer, que te vas a quedar tiesa en esa banqueta. No te preocupes, que estás invitada.

CANDELA: Pues la verdad es que sí, que me voy a quedar tiesa. Gracias, Antonia, con este vasito de chocolate y los churros ya no tengo que ir a casa a comer y perderme esta luz que tenemos ahora. ¡Aunque estoy tiritando de frío!

ANTONIA: Ya estarás a punto de terminar esta obra de arte, porque con las horas que le has echado…, seguro que le queda poco y ganarás el concurso.

CANDELA: Espero, espero, porque he perdido tiempo buscando un sitio que no le molestara a Manolo, ¡cómo se ve que no entiende de arte!

ANTONIA (encogiéndose de hombros): Bueno, Candela, él cumple órdenes. Mira, por ahí viene, díselo a él. (Se va a colocar bien las sillas que estaban sobre la mesita.)

(Candela hace un gesto con la mano indicando que pasa de perder el tiempo hablando con él.

Entra Manolo por la izquierda y se dirige a Antonia con cara de asombro al verla cambiada de peinado y de ropa.)

MANOLO: ¿Qué-e-e-é me tien-n-n-ne quuue decir?

ANTONIA: ¡Ah!, pues no sé, algo sobre arte. (Sigue haciendo churros.)

(Candela se pone de pie y, mientras come, observa su pintura. Se aleja, se acerca…)

MANOLO (con cara de no entender nada): A-a-antonia, ¿te pu-pue-e-edo de-e-ecir u-u-una co-o-osa si-i-in qqque t-t-te o-o-ofendas? Es-s-stás ho-o-oy ma-a-ás gu-gu-gua-a-apa que n-u-unca, n-n-no sssé qqqué t-te haa-as he-e-echo p-p-pero es-s-stás di-i-istinta de-e-e o-o-otros dí-i-as.

ANTONIA: ¡Qué cosas tienes, Manolo! Estoy como siempre, será que tú me ves con buenos ojos.

MANOLO: T-t-t-tú ss-s-sssabes, A-a-antonia, quuuue yo t-t-te re-e-esp-p-ppeto y t-t-tee mi-iro co-o-on bu-buenos o-o-ojos y bu-buen co-o-orazón, s-i-i-i t-t-túu qui-isieras, n-n-no te-e-endrías qqque e-e-estar de-e-etrás de e-e-este mo-o-ostrador a-a-aguanta-a-ando a-a-a los clientes.

ANTONIA (arreglándose nuevamente el pelo y la blusa): Calla, calla, hombre, que me voy a poner nerviosa. ¡Uff!, qqqué ca-a-a-alor me ha en-en-entrado. (Se abanica y habla gangosa como Manolo.)

MANOLO: A-a-antonia, yo-o-o qui-i-isiera ha-a-ablarte seriamente d-d-d-de no-no-nos-s-sotros, p-p-ppero en o-o-otro lugar, a-a-aquí ha-a-ay mu-u-ucha gee-ente mmmirando.

ANTONIA: ¿Gente a esta hora del almuerzo? Pero si solo está Candela, y ella, con su pintura, no se entera de nada. Habla, hombre, pero habla despacio que si no, no me entero. Tienes un pico de oro que no se puede aguantar.

(Jacinta entra por la izquierda. Se dirige al quiosco, pero antes pasa por detrás de Candela y hace un gesto como de no entender nada la pintura que ve.)

MANOLO (moviendo la cabeza de un lado a otro): P-p-pues ya m-m-me ha-a-an vuelto a-a-a e-e-estropear e-e-el plan. Bbbbueno, A-a-antonia, yyya ha-ablaremos e-e-en oo-otro momento. Bu-u-uuenas ta-a-ardes, Ja-a-acinta, voy aa-a-a hacer uu-u-una rooonda.

JACINTA (habla alto y deprisa): ¡Vaya con Dios, Manolo! Yo aprovecho que Dª Cayetana está haciendo la siesta para darme una vueltecita por la plaza y hablar un poquito con Antonia, que ya ha visto lo guapa que está hoy ¡eh! Bueno, ella es bien guapa, tiene unos ojos preciosos y un cuerpo que nadie diría que ha tenido hijos. ¡Anda, que si ella quisiera!

MANOLO (mirando a Antonia y suspirando): Sí, s-s-si e-e-ella qqqquisiera… (Se aleja por la izquierda.)

ANTONIA: ¿Te has escapado, Jacinta? Como se despierte doña Cayetana se va a enfadar si no te ve.

JACINTA: ¡Qué va! Así se le caiga el techo encima no se despierta. ¡Qué mujer! Por la noche no duerme y en la siesta se desquita. (Las dos mujeres se ríen.) Anda, mira quiénes vienen por ahí, doña Cicuta y doña Tacañona (Virtudes y Rosario). Éstas sí que darían la talla en el “Un, dos, tres” de la tele. (Vuelven a reír.) Esta noche dan el concurso. ¡Ay!, si yo fuera tan lista como doña Soledad me presentaba y seguro que ganaría.

JACINTA (hablando a Rosario y Virtudes): Buenas, vecinas, ¡bien temprano vienen hoy a la plaza! ¿Es que no hacéis siesta como doña Cayetana? A vuestra edad os conviene.

ROSARIO y VIRTUDES (enfadadas responden a dúo): ¿A nuestra edad, dice usted, Jacinta? Pues ya quisieran algunas estar tan bien como nosotras, ¡pretendientes no nos faltan! (Se sientan en el banco de la izquierda, en el que estuvieron sentadas por la mañana.)

(Antonia y Jacinta se miran y se ríen a sus espaldas. Rosario y Virtudes sacan sus labores, pues aprovechan el ratito de estar en la plaza para bordar o hacer ganchillo, al mismo tiempo que cotillean.

Entra Consuelo con su nieta Cristina por la derecha. La abuela lleva en la mano una bolsa con sus labores. Todas las tardes se sienta con Rosario y Virtudes para distraerse un rato.)

ESCENA Nº 9

(CANDELA, ANTONIA, JACINTA, CAYETANA, MANOLO, ALBERTO, SOLEDAD, ROSARIO, VIRTUDES, CONSUELO, CRISTINA y MARTA)

(Cristina se suelta de la mano de su abuela y corre por el escenario. Primero va hasta el quiosco, luego corre alrededor de Candela, los bancos, la mesa y las sillas. De pronto, ve a sus amigas (fuera del escenario, a la izquierda) y va en su busca. Consuelo saluda a Rosario y a Virtudes y se sienta.)

CONSUELO: Buenas tardes. Ya estoy aquí.

ROSARIO: Buenas tardes. Mira qué guapa vienes hoy con los rulos en la cabeza. (Se ríen.)

VIRTUDES: Eso, eso. Cuéntanos, porque hoy llevas todo el día con los rulos puestos, ¿es que vas a algún sitio?

CONSUELO: No tengo ganas de arreglarme, ni de ná, pero es que tenía el pelo fatal.

ROSARIO: Pues ya es hora de que te quites la bata y las zapatillas.

(Las tres mujeres siguen hablando mientras hacen sus labores, sin perder detalle de lo que pasa en la plaza.

Candela rubrica el nombre en una esquina de su obra. Se levanta y contempla la pintura un poco alejada, con perspectiva.)

CANDELA: ¡Pufff! No quedó mal del todo, ya veremos cómo me lo puntúan.

(Candela tapa los botecitos de pintura, limpia con delicadeza los pinceles y coloca todo cuidadosamente en el maletín que usa para este menester.

Entra Marta por la derecha pisando fuerte y con la radio a todo volumen. Al mismo tiempo entra por la izquierda Cayetana. Camina despacio. Jacinta, que está de pie junto al quiosco, la ve y sale corriendo a su encuentro.

Marta se acerca a Candela y se queda mirando la pintura.)

MARTA (chillando): ¡Anda.....qué chulada! Seguro que te llevas el primer premio.

CAYETANA (que se ha cogido del brazo de Jacinta): ¿Qué dice Martita? ¿Que está helada porque viene el invierno?

JACINTA (hablando deprisa): ¡Eso, eso! O calentitos en el infierno. Cada uno escucha lo que puede. (Dirigiéndose a Cayetana.) Ya que no quiere gastarse el dinero en un chocolate con churros vámonos a casa a tomar un poco de agua caliente manchada de achicoria. (Dando una vuelta salen las dos por la izquierda.)

(Candela se levanta y se desprende de su guardapolvo; lo dobla y lo introduce en una bolsa. A continuación se alisa con ambas manos el pantalón y se pone el anorak porque se ha quedado helada.

Consuelo empieza a buscar a Cristina. Se levanta y va hacia el quiosco.)

CONSUELO: Antonia, Antonia, ¿no ha visto por aquí a mi Cristina?

ANTONIA: Allí la tiene usted, con aquellas niñas. (Señala hacia la izquierda, fuera del escenario.)

(Consuelo llama a su nieta.)

CONSUELO: Cristinaaaa.

CRISTINA (voz en off): Aquí estoy, abuela. Estoy con mis amigas. Estamos contando chistes.

CONSUELO: Cristinaaaa, ven pa cá, que me tienes harta de tanto escabullirte.

(Cristina entra por la izquierda. Consuelo la toma de la mano y se la lleva llorando hacia la derecha.)

CRISTINA (limpiándose las lágrimas): Pero abuelita, luego te cuento yo a ti los chistes.

CONSUELO: Calla, calla. Para chistes estoy yo.

VIRTUDES: Déjela mujer, aquí no aprende nada malo.

CONSUELO: Tampoco nada bueno, ¡si lo sabré yo! (Sale por la derecha con la niña de la mano. En el banco se ha dejado sus labores.)

ROSARIO: Pues nada, hija, llévesela y póngala a rezar el rosario. ¡Habrase visto! Cualquiera diría que aquí descuartizamos a la gente, cuando en realidad no nos metemos con nadie.

(Marta y Candela siguen charlando mientras admiran el cuadro. Entra Manolo por la izquierda y se dirige al quiosco, al mismo tiempo que Antonia llama a su hija.)

ANTONIA (haciendo eco con las dos manos): ¡Marrrrrtaaaaaa...!. (Ésta se acerca.) Marta, hija, atiende el quiosco mientras me acerco a casa un momento.

MANOLO: A-A-Antonia, si me-me lo permi-i-i-ites, t-t-te acompa-a-a-a-año hasta t-tu ca-casa, que me pi-pi-pilla de pa-a-aaso. (Antonia y Manolo salen por la derecha.)

(Las vecinas cuchichean. Por la izquierda entra doña Soledad. Camina despacio y, como siempre, viene leyendo un libro. Esta vez es el que le dejó Alberto. Se dirige hacia donde está Candela.)

VIRTUDES: ¡Andá, acompañarla y todo! ¿Qué querrá ese moscardón?

ROSARIO: Si está por sus huesos, ¡solo hay que ver cómo la mira!

VIRTUDES: Si es tan lento en todo como en el habla...

ROSARIO: ¡Ay, hija, no te lo creas! los más lentos para unas cosas suelen ser los más rápidos para... otras. (Las dos vecinas se ponen a reír maliciosamente.)

(Cayetana y Jacinta vuelven a entrar (por la izquierda) y oyen las últimas palabras.)

CAYETANA: ¿Qué dicen de las ostras? A mí también me gustan, pero ya no las puedo comer.

JACINTA: ¡Te diré, al precio que van... se le atragantarían! Si fueran a precio de jurel seguro que las comía cada día, aunque muriera atragantada.

CAYETANA: ¿Que vas a hacer empanada?

JACINTA: Eso es lo que usted tiene.

CAYETANA: ¿La semana que viene? Me parece muy bien, la merendaremos aquí y Antonia que ponga el chocolate. (Cruzan el escenario y salen por la derecha.)

(Entra Alberto por la izquierda empujando su bici y con la cartera al hombro; viene a darle una carta a Antonia para su hija y vaciar las que están en el buzón de la plaza cuando se encuentra con Soledad dando paseítos alrededor de la pintura de Candela.)

ALBERTO: ¡Hola, Soledad! ¿Dando un paseíto?

SOLEDAD: Admirando el cuadro de Candela, pero ya me marchaba. (Habla pronunciando mucho las eses.) Quisiera estar delante cuando el jurado dé la puntuación. Seguro que se lleva el premio.

ALBERTO: Entonces... ¿No le apetece un chocolatito? La invito, a la vez que le doy esta carta a Antonia para su hija.

SOLEDAD: Gracias, Alberto, tal vez más tarde. Ahora tengo unos recaditos que hacer. (Sale por la derecha.)

ALBERTO: Queda pendiente, ¿eh? No se le olvide. (Pensando en voz alta.) Nada, que no puedo proponerle lo de ir juntos al “Un, dos, tres”. (Se acerca al chiringuito y ve a Marta.) ¡Martita, tengo una carta para ti!

(Marta, indolente, mascando un chicle, se acerca al mostrador, mira el sobre, abre mucho los ojos y empieza a saltar gritando.)

MARTA: ¡¡¡Yuuuuuuuuuupiiiiiiiiiiiiii, no me lo puedo creer!!!

ESCENA 10ª

(VIRTUDES, ROSARIO, MARTA, ALBERTO, CANDELA, CAYETANA, JACINTA, ANTONIA y SOLEDAD)

(Virtudes y Rosario siguen sentadas en el banco con sus labores en las manos; una está tejiendo un jersey y la otra una labor de ganchillo. Esto las permite no perderse ripio de lo que ocurre en la plaza.)

VIRTUDES: ¿Te fijaste, Rosario, que Alberto le entregó una carta a Marta?

ROSARIO: Claro que me fijé y, además, bien contenta que se ha puesto la chica. ¿De quién será?

VIRTUDES: Pronto lo sabremos.

(Alberto, después de entregarle la carta a Marta, se dirige hacia el buzón de la plaza para recoger la correspondencia del pueblo. Va colocando las cartas pausadamente en la cartera que lleva colgada en bandolera.

Virtudes y Rosario han dejado de tejer y miran expectantes a Marta mientras ésta lee la carta que le acaban de entregar.

Marta termina de leer la carta y, con una sonrisa de oreja a oreja y cara de gran alegría, la dobla y se la guarda en el escote.

Entran Cayetana y Jacinta por la derecha. Se dirigen al banco donde están sentadas Rosario y Virtudes. Cayetana se sienta, Jacinta se queda de pie.)

CAYETANA: ¿Todavía seguís aquí?

VIRTUDES: Schschsch...

CAYETANA: ¿Es que no vais a ir a comer hoy?

VIRTUDES: Ya hemos comido. ¡Schschsch! (Poniéndose el dedo en los labios, en señal de silencio.)

CAYETANA: ¿Que me calle? ¿Pero qué pasa?

ROSARIO (diciendo a media voz y como en tono de secreto): Schschh, que Marta ha recibido una carta.

CAYETANA: ¿Una rata?

JACINTA (en tono un poco más alto): No, Doña Cayetana, hablan de una carta.

CAYETANA: ¡Ah! Una gata, ¡menos mal!

(Virtudes no puede soportar la intriga. Observa cómo Marta prepara tranquilamente las tazas, las cucharillas y los terrones de azúcar para el café de la tarde mientras escucha la música que suena en el transistor. Sin poder resistirse más se levanta del banco, deja la labor en él y se dirige al quiosco.)

MARTA: ¿Qué va a tomar, Virtudes?

VIRTUDES: Con un vaso de agua sin hielo me vale. (Se queda pensativa y luego habla con un soniquete de cotilleo.) Y... ¿buenas noticias?

MARTA: Buenísimas señora, estoy deseando que llegue mi ma para contárselo.

VIRTUDES: ¿Y no me puedes adelantar algo?

MARTA (cortante): ¡Pues, no! (Le acerca el vaso de agua que le ha preparado y habla con sorna.) ¡No se atragante, Virtudes!

VIRTUDES: ¡Qué esaboría! (Da un sorbo al vaso de agua y suspira.) ¿Quizá algún amor?

MARTA (muy molesta): ¡Que no, señora, que no se lo voy a contar!

(Candela se acerca al quiosco y le pide un cafetito a Marta.)

CANDELA: Marta, un cortado, por favor.

MARTA: ¿La leche fría o caliente?

CANDELA: Del tiempo.

(Virtudes, con aire de superioridad, mira por encima del hombro a Marta y a Candela y se dirige de nuevo al banco. Se sienta y murmura.)

VIRTUDES: ¡Qué juventud!

(Candela se sienta en la mesa que hay al lado del quiosco.

Alberto coge su bicicleta para continuar con el reparto. Cuando va a salir por el lado derecho, se topa de frente con Soledad que viene leyendo el libro que él le dejó.)

ALBERTO (tímido y nervioso): ¡Hola, Soledad! (Tose.) Ejem... ¿Otra vez por aquí?

SOLEDAD (deja de leer y levanta la vista): Hola, Alberto. Pues sí, por aquí otra vez. Quería...

ALBERTO (la interrumpe): Verá, Soledad, yo quería proponerle algo.

SOLEDAD (con tono de broma): ¡Que sea decente, eh! (Risas de los dos.)

ALBERTO: Sí, sí, Soledad, muy decente. Verá, es que yo quería proponerle, ejem...ejem... (Tose de nuevo, y le habla de sopetón y todo seguido.) queseaustedmiparejaenelconcurso”Un,dos,tres”.

SOLEDAD: ¿Cómo?

ALBERTO: Piénselo. Tengo que ir a entregar una carta urgente y enseguida vuelvo. (Sale por la derecha.)

(Soledad se queda inmóvil durante unos momentos. Luego camina pensativa hasta el banco más cercano y se sienta. Empieza a ojear el libro que lleva en la mano mientras piensa en las palabras de Alberto.)

SOLEDAD: ¿Qué es este papel que hay dentro del libro? (Lee en voz alta.)

Soledad,

Tus ojos son dos estrellas

que iluminan mi día

y sueño por la noche

que esas estrellas son mías.

Cuando te veo en la plaza

mi pulso se acelera.

Te miro, me miras,

tímidamente hablamos

pero no nos decimos

lo que dentro llevamos.

Con este humilde poema

te declaro mi amor

y te pido matrimonio

con todo mi corazón.

Alberto

¡Ay, Dios mío! ¡Por fin se decidió!

(Entra Antonia por la derecha. Viene sola. Marta, al verla, comienza a gritar.)

MARTA: ¡MA, MA, MAAAA!

ANTONIA (acelera el paso nerviosa): ¿Qué pasa, chiquilla? ¡No me asustes!

MARTA: ¡Corre, corre, ven!

ANTONIA (llega sofocada al quiosco): Marta, dime, ¿qué ha pasado?

MARTA (loca de alegría, eufórica y dando saltos): Ma, Ma, que me han seleccionado para el programa de la tele, “¿Quieres ser actriz?”. ¡Que me voy pa los Madriles!

(La luz va descendiendo de intensidad ya que pronto empezará a oscurecer.)

ESCENA 11ª

(TODOS LOS PERSONAJES)

(Marta y su madre releen otra vez la carta que les ha llegado de Madrid.)

MARTA (eufórica): ¡Que sí, mami, que me han aceptado la solicitud! Me han seleccionado para estudiar en la Academia del programa “¿Quieres ser actriz?”

ANTONIA: Bueno, si es lo que deseas, prepararemos las maletas.

MARTA: ¡Mamá, gracias, es mi ilusión! Me gustaría tanto ser actriz que cuando estoy sola ensayo delante del espejo imitando a Victoria Abril, Carmen Maura, Verónica Forqué... a todas las grandes. En este programa me empezarán a formar, aprovecharé la oportunidad y después podré seguir en una buena escuela de cine y teatro.

(En el banco, Virtudes y Rosario no dan abasto mirando de hito en hito los distintos frentes abiertos, sin inmutarse por la compañía de Cayetana y Jacinta.)

VIRTUDES (a Rosario): ¿Has visto? A mí no me gusta hablar mal de nadie, pero estos dos (señalando con la mirada a Alberto y Soledad) se traen algo entre manos. Él tanto ir y venir con la bici y ella tan recatada y con esos trajes monjiles que se pone, pero le echa unas sonrisas que ya, ya.... Cualquier día la sube en la bici.

ROSARIO: Un día la vi que estaba leyendo un libro titulado “Historia de la sexualidad”, fíjate tú, lo que le interesará a ella el tema, si además de estar soltera seguro que estará entera.

CAYETANA: ¿Qué estáis cotorreando, chismosas? ¿No estaréis hablando de mí?

JACINTA: Que no, señora Cayetana, que dicen que si nos invita usted a un chocolate con churros, que se echa la tarde encima y ya va haciendo frío.

CAYETANA: ¿Que se van a ir al río? Con el frío que hace...

JACINTA: ¡Qué tacaña! A veces pienso que oye lo que quiere.

(Entra Alberto (por la derecha) sin la bici y se dirige a Soledad que todavía sigue en el banco leyendo. Se sienta a su lado.)

ALBERTO: Soledad, ¿ha pensado lo que le dije de ir como mi pareja al concurso “Un, Dos, Tres”? Yo he pensado que usted es la persona más indicada; primero, porque ya sabe lo bien que me cae y lo a gusto que me encuentro a su lado. Es usted tan culta, tan prudente y tan maravillosa... la admiro...

SOLEDAD (cortándolo nerviosa y pronunciando exageradamente las eses): ¿Como sssu pareja? Ssssí me lo he pensssado, la respuesssta es Ssssiiiií. Las vecinassss que digan lo que quieran. Veremosss a Chicho, a las secretariasss y a los tacañonesss, que yo no me pierdo ni un programa.

ALBERTO: Soledad, me hace el cartero más feliz del mundo. Mañana preparamos la maleta y a concursar.

SOLEDAD: Alberto, acabo de leer la nota que me dejaste dentro del libro. Muchas gracias.

ALBERTO: Soy muy tímido, Soledad, pero ya no podía aguantar más. Estoy enamorado de ti desde hace mucho tiempo. (Le coge una mano.)

SOLEDAD (retirando la mano): ¡Ay, Alberto! Que las vecinas nos están mirando… (Siguen hablando en voz baja.)

(Entra Cristina corriendo y gritando. Detrás viene Consuelo sofocada.)

CONSUELO: ¡Niñaaaa! Cristinaaaaa, ven un momento. Venga, para casa, que tienes que hacer los deberes que te ha mandado doña Soledad.

CRISTINA: ¡Ay! Abuela, déjame jugar un poquito en la plaza.

ALBERTO: Señora Consuelo, ahora que la veo, que antes no la encontré en casa... Me he traído una carta en el bolsillo que ha llegado hoy para usted.

CONSUELO: ¡Ayyy, qué bien, la estábamos esperando!

(Coge el sobre, lo abre y saca una carta. La empieza a leer y respira hondo.)

CONSUELO: Menos mal que ya vienen tus padres, Cristina, porque yo ya no estoy para estos trotes, hija mía.

CRISTINA. Abuela, yo también me alegro, ya los estaba echando de menos y, además, mis padres me traerán el juego nuevo de marcianitos que les pedí.

CONSUELO: Sí, vaya vicio con los dichosos jueguecitos y total en una maquinita tan pequeña y con esos ruidos. Lo que tenías que hacer es aprender a coser y a bordar y ser una mujer de tu casa para que encuentres un buen novio y te cases.

CRISTINA: Abuela, yo no me quiero casar, de mayor quiero ser enfermera y viajar a África para ayudar a los niños pobres.

CONSUELO: Ya te digo, esta niña es igualita que su madre, le gusta mucho darle a la pata.

(Suenan las campanadas del reloj. Ya son las seis de la tarde. Cristina corre por la plaza y Consuelo va detrás de ella haciéndole gestos con la mano de que se pare.

Marta y Candela charlan del cuadro sentadas en la mesa de al lado del quiosco, mientras Antonia está dentro del mismo.

Jacinta se acerca a ver el cuadro de Candela.)

MARTA: Candela, ¿ya has terminado tu obra?

CANDELA: Sí, me ha dado bastante trabajo, pero ha quedado como yo quería. El cielo violeta y anaranjado, la fachada de la Iglesia con el reflejo de la luz del mediodía en el Campanario, la calle en perspectiva y al fondo se mezcla el final de la calle con los colores del cielo. Míralo.

(Se levantan las dos, se acercan al caballete y se juntan con Jacinta delante del cuadro. Las tres lo miran detenidamente. Consuelo se une al grupo. Cristina se sienta en el suelo al lado del quiosco y se pone a jugar con la maquinita que llevaba en la mano.)

MARTA: Me gusta mucho. Ojalá te den el primer premio, te lo mereces.

CANDELA: Tengo mis dudas. A alguna gente de la Plaza parece que no le ha gustado mucho, los oía cuchichear por detrás de mí cuando lo estaba pintando. Solo doña Soledad me ha dicho que es una obra de arte, que le gusta muchísimo. Espero que el jurado lo sepa valorar. Creo que en pintura, no todo tiene que ser de su color. El pintor tiene que poner imaginación y dejarse llevar por lo que siente en ese momento. Digamos que, aparte de lo que ve, tiene que pintar las emociones y los sentimientos.

JACINTA: Yo no entiendo, pero a mí me gusta mucho. Cuando lo vi antes no me gustó pero ahora que está terminado, me encanta.

CANDELA: Para contemplar arte no hace falta entender, solo hace falta sentir.

MARTA: Es precioso. Cuando yo sea actriz y trabaje te encargaré un retrato. Te deseo mucha suerte.

CANDELA: Anda, Marta, acompáñame a dar una vuelta por la plaza para estirar un poco las piernas.

(Candela y Marta pasean por la plaza.

Antonia se ha puesto el mandil blanco con tira bordada y un lazo atrás y se ha metido en el quiosco para calentar la olla de chocolate y poner la sartén de los churros al fuego.

Se levantan del banco Rosario y Virtudes y se dirigen al mostrador del quiosco.

Jacinta y Consuelo van y se sientan al lado de Cayetana.)

CONSUELO: ¡Ay, ay! ¡Qué cabeza tengo! Mira dónde me dejé mi labor, en el banco. ¡Cualquiera se la podía haber llevado!

JACINTA: Pues menos mal que has vuelto, mujer. A ver, enséñame qué estás haciendo.

ROSARIO (En el quiosco): Ya que doña Cayetana no ha querido invitarnos, nos invitamos nosotras solas.

VIRTUDES: Sí, eso, que sean dos chocolates y media docena de churros.

ANTONIA: Falta un poquito para que se caliente el aceite.

ROSARIO: Antonia, hoy estás más guapa que de costumbre, tienes algo especial en la cara, así como un gesto de felicidad. ¿Esperas a alguien?

(Virtudes da un codazo a Rosario cuando ve llegar a Manolo con un ramo de flores rojas y vestido de punta en blanco. Se ha quitado el uniforme y se ha puesto un pantalón gris y una cazadora de cuero negro. Entra por la derecha y se dirige al quiosco.)

MANOLO: Bue-bue-buenas tar-tardes, Antonia y com-com-compañía.

ANTONIA: Buenas tardes, Manolo. ¡Qué elegante vienes!

MANOLO: Pues anda que-que-que tú estás pre-pre-preciosa con ese mandil, que que que te fa-fa-fa-vorece un ra-rato.

ANTONIA (dirigiéndose a Rosario y Virtudes): Ya está listo vuestro chocolate, aquí lo tenéis. Podéis sentaros en la mesa y así estaréis más cómodas.

VIRTUDES: Nooo, si aquí estamos bien.

ROSARIO: Sí, no nos importa que el mostrador sea alto y nosotras bajitas.

(Virtudes y Rosario no quitan ojo a Manolo que está con su ramo de flores en la mano sin dejar de mirar a Antonia.)

ANTONIA: Ale, iros a la mesa que el mostrador es para servir.

(Antonia sale del quiosco con la bandeja en la mano, llevando las dos tazas y los churros y los pone encima de la mesa invitándolas a que se sienten. Ellas dos, contrariadas, obedecen y empiezan a mojar los churros en el chocolate.

Antonia vuelve al quiosco y Manolo le da el ramo de rosas envuelto en un celofán con un sobre en el que van pintados dos corazones y un pequeño paquetito envuelto en un papel dorado con un lazo.)

MANOLO: Eeeeeesto es pa-pa-pa-pa-pa-ra ti.

(Antonia coge el ramo lo huele y sonríe a Manolo. Abre el paquetito y se queda muda por unos momentos. Reacciona.)

ANTONIA: Manolooooo, pero qué preciosidad de zarcillos. Pasa y pónmelos.

(Manolo entra corriendo al quiosco, coge los zarcillos y se los pone. Antonia le da un abrazo y él le corresponde con otro y un beso apasionado.)

MANOLO (sin tartamudear): Antoñita, lee la carta que hay dentro del sobre.

MANOLO (tartamudeando): Y por fa-fa-favor, no te rrrrías.

(Antonia abre el sobre, saca una nota y lee en voz baja con la cara junto a la de Manolo.)

“Te quiero, lo más importante de mi vida eres tú.

Antoñita, mi amor, cásate conmigo.

Dime que me quieres o nada tendrá sentido para mí.”

Tu Manolito.

ANTONIA (acercándose más a Manolo): Es lo más bonito que me han dicho desde hace mucho tiempo. Poco a poco me has ido enamorando, nunca creí que el amor volviera a llamar a mi corazón pero tú lo has hecho posible. Te quierooooooo.

ROSARIO Y VIRTUDES (desde la mesa a dúo): ¡¡¡¡No me lo puedo creeerrrrrr!!!! ¡¡¡Ojalá y se le quemen los churros!!!

ESCENA 12ª

(TODOS LOS PERSONAJES)

VIRTUDES: ¡Mira el moscardón, laaaa madre que lo parió!

ROSARIO: No sé por qué te extraña si eso ya se esperaba.

VIRTUDES: ¿Pero es que no ves cómo la besa?

ROSARIO: Ya te dije que los lentos en algunas cosas son los más rápidos en otras. A este le ha costado decidirse pero se ha lanzado sin freno.

(Alberto y Soledad también han visto el beso que Manolo le da a Antonia. En un arrebato de pasión, Alberto coge a Soledad por sorpresa y la besa.)

SOLEDAD (ruborizada): ¡Por favor, Alberto! Aquí no, que nos están mirando. (Se levantan y cogidos de la mano se acercan al quiosco.)

JACINTA (coge a doña Cayetana por el brazo): Ande, señora, levántese de ahí que hace mucho frío y acerquémonos al quiosco a ver si nos calentamos un poco con el calorcito que desprenden los churros, la churrera y su acompañante... (Con una risita un tanto picarona.)

CAYETANA: ¿Qué dices de la escalera?

JACINTA (a voces): Que se levante, señora, que vamos a dar una vuelta entera.

CAYETANA: Mira, Jacinta, a mí no me grites que no soy sorda.

JACINTA: ¿Sorda? ¿Quién ha dicho tal locura?

CAYETANA: ¿Qué dices del cura? ¿Ya es la hora de misa?

JACINTA (en voz baja): Ay, señor, ¡cada vez está peor!

(Consuelo se levanta del banco y busca a Cristina. La coge de la mano y se acerca también al quiosco.)

CONSUELO: Cristina, no te escapes más, parece que vamos a tener fiesta...

CRISTINA: ¿Vamos a tener fiesta? ¡Qué bien! Abuelita, ¿Y vendrán los payasos?

CONSUELO: Calla, niña... Payasos ya tenemos siempre en esta plaza.

ROSARIO (da un codazo a Virtudes): Mira, parece que hay movimiento y, ¿sabes lo que te digo?, que yo no me pierdo el acontecimiento.

VIRTUDES: Ni yo tampoco. Unámonos al grupo. (Las dos se levantan de la mesa.)

(Candela y Marta desde donde están paseando han visto cómo Manolo abraza a Antonia. Marta corre hacia el quiosco seguida por Candela, riendo y gritando.)

MARTA: ¡Vivan los novios!

TODOS LOS PERSONAJES: ¡Viva! (Aplauden.)

(Marta entra en el quiosco sonriente, abraza a su madre y después a Manolo.)

MARTA: ¡Ma, pensaba que este momento no llegaría nunca! ¡Por fin os habéis decidido!

ANTONIA: ¡Por dios, calla niña, qué vergüenza!

(Marta coge los vasos y se pone a servir chocolate y churros para todos.)

MARTA: ¡Venga! Hoy invita la casa. ¡Hoy es un gran día!

(Suena la canción de Joan Manel Serrat “Hoy puede ser un gran día”. La cantan todos juntos.

Al terminar la canción se quedan inmóviles colocados como si se fueran a hacer una foto de grupo.

Todos, menos Candela que, satisfecha de su trabajo, vuelve a recrearse en su cuadro.)

CANDELA (hablando consigo misma):

La verdad es que no me ha quedado muy mal.

Es más, yo diría que me ha quedado perfecto,

con ese toque tan colorido y natural...

que engrandece y alegra el monumento.

(Coge el caballete, lo lleva al centro del escenario y, sobre él, coloca el cuadro de cara al público.)

Señoras y señores,

hay que reconocer

que soy una artista con el pincel.

No es que yo quiera ponerme flores,

pero ni Picasso lo hubiese hecho mejor.

Con el toque de luz, la calle, la iglesia

¡y el cielo con ese color!

¡Ay, qué ilusión!

Voy a ser la envidia de todo el pueblo

porque, ¿quién sabe?,

a lo mejor me llevo el primer premio.

Y si eso fuera así,

creo tenerlo merecido,

pues me he pasado todo el día aquí,

sin comer y muerta de frío.

Suerte que el municipal

no me multó esta mañana,

que hay que ver los humos que traía,

y total, porque quería declararse a su amada.

Qué trabajito le ha costado.

Cada día rondando el quiosco,

cada vez más enamorado,

¡y sin comerse un rosco!

Con los nervios se acelera

y con ese piquito que tiene...

Porque eso sí, Manolo tiene tela

cuando se encasquilla y se detiene.

Doce años le ha llevado

pedirle a Antonia relaciones,

y ahora se ha disparado

con regalo, besos y flores.

Se ha declarado aquí, delante de toda la gente:

de las vecinas, las cotillas del barrio,

que son capaces de llevar la noticia a la tele,

a los periódicos y a la radio;

de Jacinta, que es una mujer prudente,

y que hablará lo justo

cuando alguien le pregunte

aunque a ella le dé un disgusto.

Y es que en los pueblos todos quieren saber

lo que se cuece en casa del vecino,

si se come o se deja de comer,

o lo que al otro le viene de camino.

Delante de doña Cayetana,

¡ay, doña Cayetana!,

que está más sorda que una campana.

Que todavía no se ha enterado

por qué toma chocolate regalado.

Cree que es por su corazón generoso,

pero la pobre es tan tacaña

que su bondad cabe en la palma de la mano,

aunque su fortuna cubra media España.

Pero, ¿para qué quiere el dinero?

Para ser la más rica, ¡del cementerio!

A Consuelo la veo algo apagada,

todo el día pendiente de su nieta

con los rulos puestos, las zapatillas y la bata.

Eso sí, la mujer está siempre dispuesta.

Y es que Cristina tiene tela...

Es capaz de mover un regimiento,

pero la niña ni se entera

porque tiene energía de repuesto.

La que está contenta de verdad

es Marta, flor de la juventud,

pensando en subirse en los escenarios

aunque, con ello, a Antonia le cueste la salud.

Pero qué puede hacer una madre

si por los hijos se da la vida,

luego salen del nido

y de la madre se olvidan.

Antonia tendrá el consuelo

de Manolo, el municipal,

que cuando la vea triste

con su amor la consolará.

Con sus brazos varoniles

rodeará su cuerpo,

solo y olvidado

desde hace mucho tiempo.

Otra vecina es doña Soledad,

mujer culta y educada,

maestra de profesión,

y de Alberto enamorada.

Él, cartero, romántico soñador,

tímido, poeta empedernido,

escribe versos de amor para mostrar

el sentimiento que lleva escondido.

Con mucha diplomacia,

a ella un poema le ha hecho llegar,

entre las páginas de un libro

que le acaba de regalar.

Y aquí acaba mi observación

en esta jornada intensa.

A punto está de caer el telón,

¡porque se acabó la fiesta!

Si con nuestra obra se han divertido,

yo me llevo una gran alegría.

Y recuerden, cuando coman churros con chocolate,

¡lo bien que se lo pasaron este día!

(MÚSICA)

FIN

GRUPO INTERNACIONAL RED-GAERAS, noviembre-diciembre de 2011.


LETRA DE LA CANCIÓN: “HOY PUEDE SER UN GRAN DÍA”

De Joan Manuel Serrat

Hoy puede ser un gran día,
plantéatelo así,
aprovecharlo o que pase de largo,
depende en parte de ti.
 
Dale el día libre a la experiencia
para comenzar,
y recíbelo como si fuera
fiesta de guardar.
 
No consientas que se esfume,
asómate y consume
la vida a granel.
Hoy puede ser un gran día,
duro con él.
 
Hoy puede ser un gran día
donde todo está por descubrir,
si lo empleas como el último
que te toca vivir.
 
Saca de paseo a tus instintos
y ventílalos al sol
y no dosifiques los placeres;
si puedes, derróchalos.
 
Si la rutina te aplasta,
dile que ya basta
de mediocridad.
Hoy puede ser un gran día
date una oportunidad.
 
Hoy puede ser un gran día
imposible de recuperar,
un ejemplar único, 
no lo dejes escapar.
 
Que todo cuanto te rodea
lo han puesto para ti.
No lo mires desde la ventana
y siéntate al festín.
 
Pelea por lo que quieres
y no desesperes
si algo no anda bien.
Hoy puede ser un gran día 
y mañana también.
 
Hoy puede ser un gran día 
duro, duro,
duro con él.

1 comentario:

Blanca Miosi dijo...

¡Hola Conchi!

Acabo de terminar de leer la obra de teatro “Churros con chocolate”, y debo decirte que me ha dejado gratamente impresionada. Si escribir en solitario un cuento o relato no es tan sencillo, ¡qué puedo pensar de escribir una obra de teatro en conjunto! Y lo que más me ha llamado la atención es la continuidad de la obra, no hay “huecos”, todo fluye de manera natural, hasta parece estar viendo a ese grupo de personas ir y venir frente al kiosco de Antonia.

No pudieron haber encontrado mejor escenario para los cotilleos y los encuentros cotidianos,; también los personajes están bien perfilados, bien definidos, cada uno tiene su “algo” que lo diferencia. Ha sido un placer leer estas páginas, tan bien diagramadas, cuidadosamente editadas, dignas de cualquier guionista, y espero con sinceridad que algún día no muy lejano puedan ver la obra en las tablas, pues se lo merecen.

Felicitaciones a todas las trece participantes, y para ti, Conchi una felicitación especial por haber logrado aglutinar voluntades, y convertir una idea en realidad.

Les deseo de todo corazón ¡Feliz Navidad y que todo sus deseos se realicen!

Con cariño,
Blanca Miosi

"Cuando soñamos solos, sólo es un sueño. Pero, cuando soñamos juntos, el sueño se puede convertir en realidad" (Cora Weiss)

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Cumpleaños de las Amigas de La Plaza

1 de enero: Susana

18 de enero: Conchi

22 de enero: Rosa

26 de enero: Tomi

20 de febrero: Sabela

2 de marzo: Loli

22 de marzo: Chus

24 de marzo: Blanca

14 de junio: Roser

15 de julio: Gloria

19 de agosto: Piedad

5 de octubre: Margarita

18 de diciembre: Driada