CAPÍTULO I
Andrea llegó
al aeropuerto a las cinco y media de la madrugada, el avión partiría a las seis
cuarenta y cinco y siempre decían que era aconsejable estar allí un par de
horas antes.
A pesar de
ser tan temprano había bastante gente; unos estaban tumbados en los bancos,
otros en el suelo, algunos paseaban y los más previsores empezaban a ponerse en
fila ante la ventanilla correspondiente para ocupar los primeros lugares en las
colas.
Andrea
comprobó una vez más que llevaba el billete en su bolso y también miró la hora
de salida del avión, luego buscó con la mirada el gran reloj que había en la
pared y sincronizó el suyo, el que llevaba en la muñeca izquierda. Un reloj que
nunca se ponía ya que lo guardaba para las grandes ocasiones, pero aquella lo
era, por eso lo sacó del joyerito que tenía sobre la coqueta de su dormitorio y
se lo puso en la muñeca. Tenía miedo de perderlo ya que era un recuerdo de su
madre, pero aún así decidió cogerlo y llevarlo a aquel viaje.
Apenas
durmió esa noche. Había preparado la maleta con cuidado de que no se le
olvidara nada: el traje que se pondría en la boda, un par de mudas, un pijama,
la bolsa de aseo con el cepillo de dientes, el peine, un botecito con champú,
el lápiz de ojos, el lápiz de labios y unas pinzas de depilar (siempre las
llevaba, por si acaso). También llevaba un camisón para dormir, unas zapatillas
y unos zapatos de tacón. “¿Qué me falta?”, pensaba, “seguro que algo se me
queda atrás”.
La maleta y
el bolso que colgaba de su hombro era el único equipaje de Andrea. No
necesitaba más. La habían invitado a aquella boda y ella no sabía muy bien por
qué había aceptado. ¡No le gustaban las bodas y tampoco los aviones!
Era la
primera vez que viajaría en avión así que era la primera vez que andaba por
aquel aeropuerto. “¿Dónde estarán los servicios?”, se dijo, “aunque no tengo
muchas ganas iré antes de embarcar”. A lo lejos vio el cartelito que indicaba
este lugar y hacia él se dirigió. Tenía tiempo antes de ponerse en la cola que
se iba formando en su puerta de embarque. Cuando entró se topó con tres
puertas: mujeres, hombres y minusválidos. Ella se fue a la de mujeres, la abrió
y se encontró con un pasillo donde había otras cinco puertas a la derecha y a
la izquierda había una fila de lavabos y espejos. Todas las puertas estaban
cerradas, lo que quería decir que los aseos estaban ocupados y debía esperar. A
los pocos segundos se abrió la segunda puerta y salió una chica joven, Andrea
la saludó con una sonrisa y se dispuso a entrar con su maleta, pero el espacio
era tan pequeño que no cabían las dos, así que tuvo que optar por dejar la
maleta fuera. Cerró la puerta pero no le echó el pestillo pues le daba miedo se
fuera a quedar atascado y no pudiera salir, así que con la mano sujetaría la
puerta por si se la abrían. Aún no se había bajado el pantalón cuando escuchó
muchas voces de mujeres que entraban al pasillo del servicio. Era un grupo que
iba de excursión y hacían lo mismo que ella, hacer sus necesidades antes de
subir al avión.
Andrea no
creía en el destino ni en las casualidades, pero aquel día algo pasaría en su
vida que le haría plantearse si sería verdad que el destino existía. Una de las
mujeres que iban en el grupo de la excursión llevaba una maleta exactamente
igual que la de Andrea. Del mismo color, del mismo tamaño y quizás fue comprada
el mismo año en el mismo centro comercial. La cuestión fue que aquella mujer
también soltó su maleta en el pasillo para poder entrar a uno de los aseos, lo
mismo que hicieron todas las demás. Como el espacio era reducido se empujaban
unas a otras para mirarse en los espejos, lavarse las manos en los lavabos y
pasar a hacer sus necesidades. También las maletas eran empujadas de un lado a
otro. Por eso, cuando Andrea abrió la puerta, una señora casi la estampa contra
el lavabo apartándola para entrar ella. Andrea decidió no pararse a lavarse las
manos y quiso salir de allí a toda prisa. Buscó su maleta, la cogió y casi
corriendo se dirigió a su puerta de embarque. Una vez allí deseó que aquel
grupo de mujeres no fueran en su mismo vuelo ni se dirigieran al mismo destino.
CAPÍTULO II
Había salido un poco aturdida del baño pues no estaba acostumbrada a tanto ajetreo. Aturdida y nerviosa, porque jamás se había visto en semejante fregado y, lo peor, es que ya no había marcha atrás.
Había salido un poco aturdida del baño pues no estaba acostumbrada a tanto ajetreo. Aturdida y nerviosa, porque jamás se había visto en semejante fregado y, lo peor, es que ya no había marcha atrás.
No perdía
ojo a la maleta, en ella llevaba cuanto necesitaba para el evento al que tenía
que asistir. La boda era la de una antigua compañera de trabajo a la que hacía
mucho que no veía. El solo hecho de pensar que unos años atrás se quiso
liar con su novio le hizo pensar que tal vez no tenía que haber aceptado la
invitación pero, por otra parte, aquello era ya agua pasada.
Se centró de
nuevo en el grupo de mujeres que al parecer iban de excursión y, al pasar éstas
cerca de donde estaba ella haciendo fila, apreció el comentario de dos mujeres
del grupo. Al escucharlas quedó horrorizada, pues al parecer la “excursión” no
era sino una excusa para ocultar su destino. Disimulando, pero con el oído muy
afilado en la conversación de las dos mujeres, Andrea no podía creer lo que
acaba de escuchar, la “excursión”, como ellas la llamaban, era mucho más que
eso. Según intuyó, era una especie de caravana de mujeres para satisfacer los
deseos a los mozos solteros y viudos de un pueblo de los Alpes, donde las
mujeres escaseaban debido a la falta de trabajo y al clima de dicho pueblo.
“Entonces”,
pensó, “¿para qué tantas maletas? ¿Qué llevarán en este caso en ellas?”. La
incógnita seguía de nuevo en sus pensamientos. ¿Será corsetería sexi o tal vez
algo más? ¿Pero qué guardaban con tanto misterio y con tantas risas como
les provoca el encuentro que en pocas horas esperaban? Ejem, ejem!!! “¿Qué
será?”, pensó ella con la mosca detrás de la oreja.
El grupo de
mujeres empezó a desaparecer poco a poco; el avión que las llevaría a su
destino estaba a punto de despegar y ellas, una a una, se dirigieron a embarcar
las maletas entre risas y complicidades y, en aquel preciso momento, el
misterio quedó solo en eso, ¡un misterio!
Andrea
seguía pendiente de no extraviar su equipaje, cuando se fijó que algo extraño
destacaba en su maleta pues, aunque había sido comprada hacía unos años aún
estaba por estrenar, no la había usado antes, así que le chocó mucho el
desgaste que tenía en el asa, pero no quiso darle más importancia. Siguió a la
espera de que le tocara el turno a su vuelo y poder embarcar también la
suya.
Por un
momento se olvidó de sus nervios y de tantas incógnitas y fijó la vista en un
grupo de personas, entre las que había niños, pidiendo para poder comer. Los
más mayores intentaban ayudar a los viajeros con las maletas y así ganarse unos
euros. Estaban acostumbrados a que la gente que estaban de paso en el
aeropuerto no les hicieran caso, pero aun así, ellos lo intentaban una y otra
vez.
Desde la
fila que esperaba y, más hacia la izquierda, pudo ver a un grupo de jóvenes
músicos, cada uno de ellos con sus respectivos instrumentos. Desenfundaron
y se dispusieron a ofrecer a los allí asistentes su música. Concentrada en
estos jóvenes y prestando atención a cómo tocaban algunas melodías, casi no
escuchó la voz que, por el altavoz, anunciaba que el vuelo con destino a...
estaba a punto de despegar.
CAPÍTULO III
No escuchó bien lo que decían por megafonía y prestó atención al nuevo aviso “el vuelo con destino a Zurich por causas ajenas a la compañía sufre un retraso en su salida, le seguiremos informando, disculpen las molestias”.
Andrea pensó una vez más por qué había aceptado esta invitación.
Su destino era Vaduz, la capital de Liechtenstein. Tendría que volar a Zurich donde estaba el aeropuerto más cercano y desde allí viajaría en autobús. Su cabeza era un auténtico hervidero, no sabía qué hacer y permaneció en la fila escuchando a los músicos que comenzaban con su actuación. Se dejó llevar por las canciones y empezó a comparar a los jóvenes con otros más conocidos y así, ensimismada, se encontró frente a frente con John Lennon, Bertín Osborne, Joaquín Sabina, David Bustamante y un largo etc. eso sí, sin soltar su maleta. Cuando volvió a la realidad le pareció que ésta pesaba más que cuando llegó, ¿por qué sería? quizás por el cansancio…, aún así no la soltó por miedo a perderla.
Mientras todos buscaban un sitio para descansar, ella simplemente se apoyó en una columna sin abandonar la fila y cerró los ojos, pero el murmullo que se oía hizo que los volviera a abrir y, con sorpresa, vio que el grupo de mujeres volvía a entrar y la rodeaban. Se sintió muy agobiada, sin saber qué hacer, cuando se dio cuenta de que la chica joven con la que se encontró en los servicios le estaba sonriendo y amablemente le dijo: “Ven para este lado, el grupo que dirijo está muy nervioso y atropella a todo el mundo, por error nos confundimos de vuelo, nosotras también viajamos a Zúrich y desde allí a una pequeña aldea de Mauren, ahora nos tienen que colocar con vosotros y no saben cómo, ya que sobra gente”.
Andrea una y otra vez se arrepentía de haber aceptado la invitación a la boda, pero estaba allí y seguiría adelante, así se lo hizo saber a su nueva amiga ya que estuvieron un ratito cambiando impresiones y se habían caído muy bien. Ella fue la que le informó de que Liechtenstein, entre otras cosas, era un auténtico paraíso fiscal. Sus pensamientos se revolucionaron de nuevo y se preguntó qué ocultaría aquel grupo. Pensó que la chica joven no le había comentado nada sobre a lo que iban a esa pequeña aldea y aunque ella oyera hablar a las otras mujeres de una “caravana de mujeres”, también le oyó a ella lo del “paraíso fiscal”…
De nuevo se oyeron las señales sonoras del altavoz y seguidamente informaron que en breve y, solucionado el problema con el vuelo con destino a Zúrich, se procedería al embarque de los pasajeros.
Andrea se colocó en la fila y respiró fuerte. ¡Uff! ¡Por fin!
No escuchó bien lo que decían por megafonía y prestó atención al nuevo aviso “el vuelo con destino a Zurich por causas ajenas a la compañía sufre un retraso en su salida, le seguiremos informando, disculpen las molestias”.
Andrea pensó una vez más por qué había aceptado esta invitación.
Su destino era Vaduz, la capital de Liechtenstein. Tendría que volar a Zurich donde estaba el aeropuerto más cercano y desde allí viajaría en autobús. Su cabeza era un auténtico hervidero, no sabía qué hacer y permaneció en la fila escuchando a los músicos que comenzaban con su actuación. Se dejó llevar por las canciones y empezó a comparar a los jóvenes con otros más conocidos y así, ensimismada, se encontró frente a frente con John Lennon, Bertín Osborne, Joaquín Sabina, David Bustamante y un largo etc. eso sí, sin soltar su maleta. Cuando volvió a la realidad le pareció que ésta pesaba más que cuando llegó, ¿por qué sería? quizás por el cansancio…, aún así no la soltó por miedo a perderla.
Mientras todos buscaban un sitio para descansar, ella simplemente se apoyó en una columna sin abandonar la fila y cerró los ojos, pero el murmullo que se oía hizo que los volviera a abrir y, con sorpresa, vio que el grupo de mujeres volvía a entrar y la rodeaban. Se sintió muy agobiada, sin saber qué hacer, cuando se dio cuenta de que la chica joven con la que se encontró en los servicios le estaba sonriendo y amablemente le dijo: “Ven para este lado, el grupo que dirijo está muy nervioso y atropella a todo el mundo, por error nos confundimos de vuelo, nosotras también viajamos a Zúrich y desde allí a una pequeña aldea de Mauren, ahora nos tienen que colocar con vosotros y no saben cómo, ya que sobra gente”.
Andrea una y otra vez se arrepentía de haber aceptado la invitación a la boda, pero estaba allí y seguiría adelante, así se lo hizo saber a su nueva amiga ya que estuvieron un ratito cambiando impresiones y se habían caído muy bien. Ella fue la que le informó de que Liechtenstein, entre otras cosas, era un auténtico paraíso fiscal. Sus pensamientos se revolucionaron de nuevo y se preguntó qué ocultaría aquel grupo. Pensó que la chica joven no le había comentado nada sobre a lo que iban a esa pequeña aldea y aunque ella oyera hablar a las otras mujeres de una “caravana de mujeres”, también le oyó a ella lo del “paraíso fiscal”…
De nuevo se oyeron las señales sonoras del altavoz y seguidamente informaron que en breve y, solucionado el problema con el vuelo con destino a Zúrich, se procedería al embarque de los pasajeros.
Andrea se colocó en la fila y respiró fuerte. ¡Uff! ¡Por fin!
CAPÍTULO IV
Colocó la maleta y el bolso sobre la bandeja. “Jolines, sí que pesa” –exclamó para sí misma mientras la elevaba. Después se dispuso a pasar ella, pero antes de hacerlo un vigilante hizo que se quitara los zapatos y el cinturón y la invitó a que lo pusiera junto a sus pertenencias. Al cruzar el control, el guardia de seguridad le indicó que se apartara hacia un lado y esperara. Mientras tanto se puso los zapatos y el cinturón sin dejar de preguntarse el porqué de aquella actitud si ella sólo llevaba unas cuantas prendas de vestir. El resto de los pasajeros pasaban sin detenerse excepto el grupo de mujeres, que a la mayoría de ellas también las habían apartado a un lado.
Como era novata en aquella experiencia no apartaba la vista de todo lo que acontecía a su alrededor. Al momento, el guardia llamó su atención.
-¿Señorita?
-¿Es a mí?
-Sí, usted. ¿Me puede decir qué lleva en la maleta?
-Pues... -empezó a balbucear lentamente - lle...vo... Pues qué voy a llevar, llevo ropa de vestir... lo necesario para cuando se va de viaje.
-Ábrala, por favor -indicó el agente.
Andrea obedeció segura de que no tenía nada que ocultar y deseando de acabar cuanto antes mejor. Tenía ganas de subir al avión a pesar del respeto que le causaba, pero estaba cansada y deseaba sentarse.
La joven palideció al abrirla y comprobar su contenido. Su ropa había desaparecido y, en su lugar, había cosas que nada tenía que ver con lo que ella había guardado. El guardia levantó con la mano un extraño paquete y al momento, éste estalló saliendo de su interior una muñeca de goma del tamaño de una persona, que al liberarse de la presión en la que se hallaba, se hinchó como por obra de magia quedando de pie frente a él. Sus ojos parecían mirarle, sus labios parecían sonreírle preparados para besarle, su cuerpo exacto al de una mujer parecía provocarlo. Andrea se llevó las manos a la cara sin poder articular palabra alguna, asustada y nerviosa, sin saber qué había pasado con su equipaje. El vigilante pasaba la mirada de Andrea a la muñeca y de la muñeca a Andrea.
-Así que esta es su ropa.
-No...Bueno... Yo...
-¿A dónde viaja, señorita?
-Voy de boda a...
-Ah, sí, y esta es la novia, ¿no? ¿También lleva al novio en la maleta? – preguntaba el agente con ironía mientras Andrea no asimilaba lo ocurrido-. ¿Qué lleva dentro de la muñeca?
-¿Eh? No lo sé, esta maleta no es mía.
-¿Qué quiere decir con eso de que la maleta no es suya? Usted la llevaba ¿no es así?
-Así es, pero...
-¿La ha robado?
-No, yo no soy una ladrona.
Entonces Andrea desvió la mirada hacia el grupo de mujeres que esperaban a ser revisadas. Una de ellas esperaba un poco más apartada a que todo acabara para volverse a reunir con las demás. Se fijó en la maleta que sujetaba con la mano. Andrea gritó y salió corriendo.
-¡Mi maleta, esa es mi maleta!
Otro agente la siguió pensando que todo estaba preparado para traficar, Dios sabe qué.
Andrea cogió la maleta haciendo oídos sordos a las protestas de la señora que la portaba y buscó la etiqueta que colgaba del asa en la que había escrito su nombre y el lugar de su destino.
Una vez aclarado todo, se alejó con paso ligero hacia la puerta de embarque y sin volver la vista atrás por si surgía algún otro problema.
Colocó la maleta y el bolso sobre la bandeja. “Jolines, sí que pesa” –exclamó para sí misma mientras la elevaba. Después se dispuso a pasar ella, pero antes de hacerlo un vigilante hizo que se quitara los zapatos y el cinturón y la invitó a que lo pusiera junto a sus pertenencias. Al cruzar el control, el guardia de seguridad le indicó que se apartara hacia un lado y esperara. Mientras tanto se puso los zapatos y el cinturón sin dejar de preguntarse el porqué de aquella actitud si ella sólo llevaba unas cuantas prendas de vestir. El resto de los pasajeros pasaban sin detenerse excepto el grupo de mujeres, que a la mayoría de ellas también las habían apartado a un lado.
Como era novata en aquella experiencia no apartaba la vista de todo lo que acontecía a su alrededor. Al momento, el guardia llamó su atención.
-¿Señorita?
-¿Es a mí?
-Sí, usted. ¿Me puede decir qué lleva en la maleta?
-Pues... -empezó a balbucear lentamente - lle...vo... Pues qué voy a llevar, llevo ropa de vestir... lo necesario para cuando se va de viaje.
-Ábrala, por favor -indicó el agente.
Andrea obedeció segura de que no tenía nada que ocultar y deseando de acabar cuanto antes mejor. Tenía ganas de subir al avión a pesar del respeto que le causaba, pero estaba cansada y deseaba sentarse.
La joven palideció al abrirla y comprobar su contenido. Su ropa había desaparecido y, en su lugar, había cosas que nada tenía que ver con lo que ella había guardado. El guardia levantó con la mano un extraño paquete y al momento, éste estalló saliendo de su interior una muñeca de goma del tamaño de una persona, que al liberarse de la presión en la que se hallaba, se hinchó como por obra de magia quedando de pie frente a él. Sus ojos parecían mirarle, sus labios parecían sonreírle preparados para besarle, su cuerpo exacto al de una mujer parecía provocarlo. Andrea se llevó las manos a la cara sin poder articular palabra alguna, asustada y nerviosa, sin saber qué había pasado con su equipaje. El vigilante pasaba la mirada de Andrea a la muñeca y de la muñeca a Andrea.
-Así que esta es su ropa.
-No...Bueno... Yo...
-¿A dónde viaja, señorita?
-Voy de boda a...
-Ah, sí, y esta es la novia, ¿no? ¿También lleva al novio en la maleta? – preguntaba el agente con ironía mientras Andrea no asimilaba lo ocurrido-. ¿Qué lleva dentro de la muñeca?
-¿Eh? No lo sé, esta maleta no es mía.
-¿Qué quiere decir con eso de que la maleta no es suya? Usted la llevaba ¿no es así?
-Así es, pero...
-¿La ha robado?
-No, yo no soy una ladrona.
Entonces Andrea desvió la mirada hacia el grupo de mujeres que esperaban a ser revisadas. Una de ellas esperaba un poco más apartada a que todo acabara para volverse a reunir con las demás. Se fijó en la maleta que sujetaba con la mano. Andrea gritó y salió corriendo.
-¡Mi maleta, esa es mi maleta!
Otro agente la siguió pensando que todo estaba preparado para traficar, Dios sabe qué.
Andrea cogió la maleta haciendo oídos sordos a las protestas de la señora que la portaba y buscó la etiqueta que colgaba del asa en la que había escrito su nombre y el lugar de su destino.
Una vez aclarado todo, se alejó con paso ligero hacia la puerta de embarque y sin volver la vista atrás por si surgía algún otro problema.
CAPÍTULO V
Cada vez estaba más nerviosa y deseaba llegar pronto a su lugar de destino.
Se colocó en la cola y esperó a que se abriera la puerta de embarque, pero esta no se abría ni tampoco llegaba el grupo de mujeres. Andrea miraba de un lado a otro y no hallaba ni rastro de ellas. Sin duda la policía estaría revisando las maletas y las tendrían detenidas, pero qué culpa tenía el resto de los pasajeros de lo que ellas llevaran en su equipaje para no embarcar todavía, con las ganas que tenía ella de coger asiento.
La gente se movía de sus puestos nerviosos y protestando por el retraso, si ya habían anunciado el vuelo, ¿por qué no abrían la puerta de una vez y por todas? “Habría que hacer una reclamación y que nos devuelvan el dinero del pasaje. ¡Vaya puntualidad! ¡Así va todo!”
Media hora después, Andrea vio a la joven que dirigía el grupo, se acercó a ella y preguntó:
-¿Qué pasa? El retraso que llevamos es por vuestra culpa ¿no? ¿Se puede saber qué traficáis en las maletas?
-Perdona, ante no me he presentado, me llamo Lucía…
-Yo Andrea.
-Pues bien, Andrea, como te dije antes soy la responsable del grupo que has visto y vamos a una fiesta que organizan los hombres solteros, que al parecer son muchos en el pueblo del que te he hablado, con el fin de conocer mujeres dispuestas a emprender una nueva vida en ese lugar y junto a ellos. ¡Los pobres se sienten tan solos!
-¿Y qué tiene que ver esa fiesta con el retraso de nuestro vuelo?
-Verás, es que en las maletas llevamos algunos juguetes eróticos para gastarle una broma a dichos mozos.
-Mira, Lucía, acabamos de conocernos y no sé nada de ti ni de tu grupo, pero eso que me dices no me convence, seguro que dentro de esos juguetes guardáis otras cosas.
-Bueno, digamos que algunas de ellas llevan comida.
-¿Comida? -preguntó Andrea sorprendida- ¿Es que en ese pueblo no hay comida?
-Claro que hay comida, mujer, allí hay de todo, pero no hay embutido como el de aquí. ¿Sabes lo que llevaba la muñeca?
-Y qué sé yo.
-Chorizo. Llevaba mucho chorizo, salchichón y un queso grandote. Otras llevaban frutos secos y miel, pero a todas se lo han quitado.
-¿Y qué más lleváis?
-Yo no llevo nada, pero una de ellas también llevaba dinero, poco, claro está. Pensaba quedarse en dicho pueblo y se había cogido los pocos ahorros que tenía, pero la han detenido hasta que todo se aclare. Ahora no le apetece viajar a ninguna parte. Yo no he tenido ningún problema porque no llevo nada que esté prohibido.
En ese instante se abrió la puerta dando paso a los pasajeros. Andrea vio como el resto de las mujeres se reunía con Lucía y avanzaban a la salida de embarque.
CAPÍTULO VI
Andrea se sentó en el asiento que le había sido asignado y se puso el cinturón. Los dos asientos contiguos fueron ocupados por dos monjas. Las religiosas se santiguaron nada más sentarse y después de ponerse el cinturón, cogieron el rosario y se pusieron a rezar en voz baja. Andrea ponía toda su atención en la voz de la azafata, que a través de la megafonía, daba instrucciones de cómo se debía usar la mascarilla del oxígeno y demás utensilios de salvamento y la ubicación de las puertas de emergencia. “¿De qué sirve saber cómo funciona el paracaídas y dónde se encuentran las puertas, si cuando hay un accidente de avión no se salva nadie?”, pensaba ella sin poder ocultar el nerviosismo que, entre los rezos de sus compañeras de asiento, las explicaciones de la azafata y sentir como el avión se deslizaba por la pista de despegue cogiendo velocidad, le estaba causando un gran malestar en el estómago. De pronto, el avión se inclinó hacia arriba y alzó el vuelo como los pájaros, separándose de la tierra.
“Aaaay, aay, qué miedo, señor,” se decía para sí misma al tiempo que sentía un cosquilleo desde los pies hasta la cabeza.
El aparato alcanzó la altura de su ruta y Andrea superó, por primera vez, el vuelo de los pájaros sobrevolando por encima de las nubes blancas, que vistas desde la ventanilla, parecían montañas de nieve.
El vuelo y el aterrizaje fue tranquilo sin incidentes ni entorpecimientos, y todos los pasajeros se dirigieron a la cinta transportadora de equipajes para coger cada una su maleta. Allí se volvieron a encontrar con Lucía y su grupo, que a pesar de que habían perdido los embutidos y demás alimentos, no perdían la sonrisa y el buen humor con el que habían iniciado su aventura. Se desearon suerte y cada una salió con su maleta correspondiente.
En la calle la esperaba su amiga Marga, que al verse se fundieron en un abrazo.
Después de acompañarla al hotel, se fueron a comer juntas y Marga le enseñó la ciudad y lo más importante de ella.
La boda era al día siguiente por la tarde, así que Andrea tendría tiempo de descansar y recuperarse de los nervios. Ya no estaba pesarosa por haber ido al enlace de su amiga, sino que se había alegrado al verla.
A la hora acordada, Andrea estaba preparada esperando que alguien fuera a recogerla al hotel, tal como le había dicho su amiga.
Una vez acabada de arreglar, se miró en el espejo para comprobar el contraste del maquillaje con el vestido y el peinado que había elegido. Su imagen reflejada en el espejo le resultó tan grata, que suspiró satisfecha del resultado. Un vestido sencillo y al mismo tiempo elegante, le hacía verse más esbelta y delgada, tanto que parecía una modelo verdaderamente bella.
Lo que ella vio en aquel espejo, media hora más tarde se lo confirmaría la admiración que despertó en los invitados, al verla llegar acompañada de un joven, amigo de la novia que junto a ella hacían una buena pareja. Fue una tarde inolvidable para Andrea, que jamás borraría de su memoria, a pesar del miedo que le causaba subir en avión.
Piedad
5 comentarios:
Buenas noches, amigas. Tenéis que perdonarme porque llevo días sin pasar por aquí. Bueno, no es que no pase, que pasar paso, sino que no me paro ni a hablar ni a escribir, ni a tomarme un vaso de agua. Y es que ando con la cabeza regular, en otro lado.
No sé si os dije que se casa mi hijo en diciembre y, aunque ellos no quieren darnos trabajo, yo no puedo dejar de pensar en todo lo que hace falta preparar. Ya os iré contando, jeje.
Bueno, Piedad, he publicado tu relato porque ya hace bastantes días que me lo enviaste y me parece que no tienes que esperar más. Nadie me ha mandado su continuación, así que imagino que estarán como yo, con la inspiración en blanco.
A ver si nos animamos.
Rosa, ya he leído que tu nieto está un poco más tranquilo pero que duerme muy poco. ¿Le parecerá a su abuela????? jeje. Lo importante es que no llore y que esté curado de la infección.
Roser, lo de los políticos es de vergüenza total.
Os dejo un fuerte abrazo
Conchi
Hola. Piedad, muy bonito tu relato. Al menos Andrea no pasa tantos sustos como en el original. Acaba feliz en la boda de su amiga. ¡Muy bien!!
Yo voy a dejarlo tal como lo dejamos todas...¡Es que estoy de una vagancia!!
Tampoco tengo mucho tiempo. El día tres es el santo de mi hija y me ha pidió que le haga una colcha como regalo, le gusto mucho una tela enguatada italiana y se la compre. Solo le puse en bies al rededor y ahora me falta hacerle los cojines, o sea que estoy liada.
Quiero también imprimir el libro de "Andrea" y estoy buscando dibujos, etc. y en casa cuando no somos cuatro somos siete...¡Me falta tiempo!! Suerte que de vez en cuando me pierdo por la montaña a buscar setas y me olvido de todo je je
Conchi, ya nos iras contando como van los preparativos de la boda. A vosotros tampoco os falta faena.
Feliz semana a todas.
Abrazos.
Roser
Buenas noches. ¡Qué lío con los ordenadores, ¿no?! Al bajar hasta los comentarios me encuentro que hay unas líneas encima de otras y que no se pueden leer. Me he ido a editar la entrada pero no se corrige. A ver si mañana ya está bien.
Roser, menos mal que tienes la sierra al lado y te puedes perder, pero ten cuidado y ¡vuelve!!!!
Con la boda ahí vamos, todavía faltan días pero hay mucho que hacer.
Os dejo un fuerte abrazo.
Ah, Roser, ya nos enseñarás la foto de la colcha!!!
Buenas noches.
Piedad, me gusta como has escrito el relato, el final ha sido menos dramático que el que hemos compartido, has hecho desaparecer al padre con Paola.
Como dice Roser, yo me quedo con la primera, porque yo no tengo tiempo ni demasiadas ganas para ponerme a escribir, pero os admiro.
Conchi, cuando te des cuenta ya habrá pasado la boda, desde mi experiencia te digo que la vivas y la disfrutes al máximo, pasa tan rápido!!!!
Me imagino a tu hijo de tu brazo y, tú la mujer más feliz del mundo, al menos por un día. La boda de mi hijo para mi fue uno de los días más felices de mi vida.
Mi hija se caso el 4 de Septiembre, pero solo por lo civil.
Abrazos.
Rosa.
¡Buenos días!
Conchi, pues yo no sé qué pasa con Internet pero llevo unos días que no podía hacer nada ni publicar comentarios en ningún blog y hoy, de pronto he podido, así que eso debe ser cosa de ellos o qué sé yo...
Bueno, yo digo como las demás, verás que pronto pasa la boda y los nervios quedarán a trás, pero disfruta del día, jaja.
Bueno, pues siento ahaberme quedado sola con Andrea porque me habría gustado saber la versión de cada una, pero qué le vamos a hacer. Espero que en la próxima actividad participe más gente.
Abrazos para todas.
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